Marruecos en moto by Josan.
Marrakech, Atlas y Desierto con Ruta Cero Tours.
Por el país más cercano de los países lejanos.
Del 7 al 15 de octubre de 2022
«Las motos son para disfrutar del camino.»
PUERTO REAL – TÁNGER.
Carreteras hasta el puerto de Tarifa: CA35 - AP4 - A408 - A4 - A48 - N340.
Kilómetros: 103.
Iniciamos nuestra aventura. Nuestro primer punto de encuentro se sitúa en Tarifa.
Habíamos
quedado a las seis y media de la tarde en el puerto de Tarifa para
presentarnos, repartir los tickets del ferry que nos trasladaría hasta Tánger y
charlar brevemente sobre los pormenores de la aventura que iba a dar comienzo.
![]() |
Ya con el depósito lleno, mis pastillas para prevenir un hipotético mareo, y viendo que apenas son las cuatro y veinte de la tarde, me dispongo a adentrarme en esta bonita ciudad, que tantos recuerdos me trae, y buscar un lugar tranquilo donde poder tomar un buen café.
Precisamente, para algunos tarifeños, los auténticamente “grillados”
son esos deportistas que se hacen a la mar enfundados en neopreno cuando ni
siquiera los pescadores se atreven.
Tras recorrer sus calles estrechas del centro y al pie de su antigua fortaleza árabe, justo en el Paseo de la Alameda, aparco “La Pinta” junto a otras motos que se me antojan dispuestas también a la misma aventura y me dirijo a la terraza del bar-restaurante “La Pescadería”, a poca distancia de la entrada del puerto y, efectivamente, pronto me encuentro con los primeros compañeros de ruta con los que compartiremos los primeros refrescos y con los que el buen ambiente y camaradería van a estar asegurados, porque en el mundo de un motociclista no hay extraños, solo amigos que están por conocer. Poco a poco irán llegando nuevos componentes del grupo y se van extendiendo las presentaciones, los apretones de manos, los primeros chistes... Demasiados nombres para un primer encuentro, pero tiempo al tiempo... Días tendremos por delante.
A las seis y media en punto, nuestras motos arrancan y con estruendo recorremos los apenas 500 metros que nos separan del puerto; parecemos un desfile. Una vez allí, nos vamos agrupando en la cola para embarcar. Durante este tiempo conocemos a Antonio, nuestro guía, o como se dice en este contexto: nuestro “road-leader”, quien nos va repartiendo los pasajes y nos va explicando los pormenores del embarque, los controles, la documentación que tenemos que preparar y todo el proceso burocrático hasta que lleguemos a Tánger. Parece complicado, pero realmente es algo muy sencillo y rápido. Antonio es un tipo ágil, curtido en esta experiencia, con más de veinte años recorriendo Marruecos en moto y todo te lo pone fácil. Mientras, el resto de los compañeros más rezagados, van llegando desde distintos puntos de España. Seremos un total de diecisiete motocicletas, veinte participantes y nos acompaña una furgoneta con remolque como “coche escoba” en las que van Jorge y Pití, grandes motoristas y conocedores del medio, también bragados en mil batallas y siempre dispuestos a estar al quite ante cualquier adversidad. Aunque, para ser sinceros, con Antonio, Jorge y Pití no hay opción para esa adversidad: te lo ponen todo muy fácil y aprendes mucho de su experiencia.
Sinceramente, al ver en principio tantas maxi-trails, me preguntaba cómo se va a
portar “La Pinta” por tierras marroquíes, una cruiser/custom (BMW R1200C) muy
pesada, con veintidós añitos, reticente a tumbarse en curvas (y yo más
reticente todavía por mis circunstancias), cargada y totalmente asfáltica...
Pero siempre confiamos en que los hados nos son y serán propicios… ¡Por fin
aparece Roberto con una Harley! ¡Bien! ¡Este es de los míos!
A las siete y media ya estamos asegurando nuestras monturas en la bodega del barco y ya, arriba, nos disponemos en la cola para sellar nuestros pasaportes ante el funcionario marroquí. A las ocho de la tarde la estruendosa bocina del barco nos anuncia que estamos zarpando y la vista de Tarifa alejándose desde la popa, con el imponente Castillo de Guzmán el Bueno y la Isla de las Palomas, mientras el cielo se va tornasolando, es todo un espectáculo para la vista.
La travesía es corta, pero movidita... El viento nos mece y nos obliga a sujetarnos… pero mucho mejor de lo que se esperaba, no hizo falta la biodramina. En ese tiempo pudimos seguir conociendo a los compañeros, recibir nuevas instrucciones y consejos sobre la ruta y la conducción por Marruecos… Y chistes, muchos chistes... Hasta que llegamos a divisar la ya iluminada Tánger, la ciudad que inspiró a grandes artistas. Estamos en África.
Ya es de noche, aquí la burocracia trabaja con un poco
más de parsimonia, será por aquello de que “la prisa mata”, sentencia que tanto
escucharemos durante nuestra ruta. Uno a uno debíamos pasar unos controles de
entrada y obtener una tarjeta o permiso de circulación que no debemos perder
bajo ningún concepto. Tras este paso, un rápido control de aduana, lo del “nada
que declarar”, pero aquí me piden que abra las maletas de la moto y eso me
aterra; no porque lleve algo que no deba, sino porque todo va colocado en un
orden preciso, un puzle, un auténtico tetris,
para aprovechar el espacio y que no sé si sería capaz de volverlo a recomponer
otra vez aquí y ahora. Afortunadamente todo se limitó a una
visualización rutinaria y, de ahí, al cambio de moneda. Entre unas cosas y
otras ya son las diez de la noche. Así que toca dirigirnos a nuestro
hotel que, aunque está bastante cerca del puerto y en pleno paseo marítimo, desplazar
diecisiete motos por esta ciudad en un tráfico aparentemente caótico, es todo
un reto. Es todo un arte que autobuses,
coches, motos, peatones, bicicletas o animales confluyan y circulen con un
agudizado ingenio para que no ocurra nada.
Nuestra visita a Tánger va a ser fugaz, de paso; un punto
de partida y de llegada, donde nos limitaremos a cenar y pasar la noche porque
será mañana temprano cuando comenzaremos una gran ruta hacia nuestro primer
destino, Ouzoud, a 627 km. (según marcaría mi cuentakilómetros parcial).
No es que Tánger no merezca la pena, es una fabulosa
ciudad, grandiosa, cercana al millón de habitantes, de contrastes: moderna,
cosmopolita y, a su vez, ha sabido preservar el encanto de tiempos pasados. “La
flor de Oriente" que ya hemos tenido la oportunidad de conocer en
ocasiones anteriores, así como de recorrer todo el Norte de Marruecos y también
en moto. La última vez en el 2009, hace ya trece años, con Lourdes, mi
compañera, en esa ocasión con un sidecar y cuando todavía estaba ajeno a todos
los problemas de salud que vendrían después…
Reparto de habitaciones, una buena ducha, dejamos
nuestras indumentarias moteras y nos damos un agradable paseo caminando hasta
el “Restaurant Annajma” donde, tras la preceptiva ensalada y aceitunas
marroquíes, nos tenían preparado un verdadero festín de pescados y mariscos
exquisitos, muy frescos. Alargamos la velada con anécdotas, aventuras, chistes,
muchos chistes… Hasta que ya pasada la media noche nos volvemos al hotel porque
mañana nos esperaría una dura jornada.
Sábado 8 de octubre
Kilómetros: 627.
La hora de salida está prevista para las siete y media de
la mañana, así que muy tempranito nos dirigimos hacia el generoso
desayuno-bufet del hotel para acumular la energía necesaria con que encarar la dura
jornada de hoy, ya que lo que nos interesa es alejarnos rápidamente de la costa
para adentrarnos en el menos conocido interior; para ello, hoy haremos
bastantes kilómetros de flamantes autopistas de peaje para adentrarnos
posteriormente en escarpadas carreteritas de montaña hasta nuestro destino: la
población de Ouzoud, famosa por su enorme cascada. La tónica del viaje es la de
hacer breves paradas cada 150 kilómetros y almorzar en ruta en el área de servicio de Khouribga.
Las autopistas de marruecos están en perfectas condiciones y nos permiten desarrollar buenas velocidades de crucero; el problema es que, como todas las autopistas del mundo, son tediosas y, aquí, en Marruecos, hay que tener especial cuidado porque nos podemos encontrar peatones cruzando, incluso con animales, bicicletas y perros vagando a sus anchas. Para acelerar nuestra marcha, el pago lo vamos a realizar a través de los tele-peajes que nos proporciona Antonio, puesto que la otra opción sería hacerlo en metálico, pero eso nos haría perder un tiempo precioso.
Para llegar a Ouzud tenemos, primero, que ascender por curvas muy ceñidas para, después, ir progresivamente descendiendo. Insisto en que las carreteras marroquíes son una caja de sorpresas, ya que nunca sabes lo que puedes encontrarte a la vuelta de una curva porque todo es posible y, por ello, en las bajadas empecé a abusar del freno trasero de “La Pinta”, aun a sabiendas que no se debe, pero es que otra de mis motos “La Santa María”, una CJ con sidecar que me introdujo de nuevo en este mundillo de las motos tras mis problemas de salud, tiene el freno combinado y últimamente, y por la comodidad de utilizar solo el pie, me tiene muy mal acostumbrado. Así que no pude evitar el calentón del trasero sobre todo al no tener en cuenta que la gran maleta no le permite ventilarse como debe… Y pasó lo que era inevitable: me quedé sin el freno trasero ante unas bajadas serpenteantes que quitaban el sentido. Me eché a un lado, paré, y lo primero que hice fue abrir la “cacha” derecha para ver si todo iba bien con el líquido de frenos y, efectivamente, a ese respecto todo era correcto. Nada más quitar el contacto de la moto, enseguida apareció Valentín, un formidable compañero de ruta, interesándose por lo que me sucedía, a la vez que muchos niños empezaron a salir “de la nada”; sonrientes, graciosos, con los pelos alborotados, con churretes… y se pusieron alrededor a ver qué estaba pasando, era su gran novedad del día. Le dije a Valentín que iba a esperar un poco a que se enfriara el disco que estaba ardiendo, que prosiguiera el viaje; pero, por esta solidaridad que tenemos los moteros, él no estaba de acuerdo en dejarme allí solo, su plan es que iba a ir despacio mientras yo fuera bajando utilizando el freno motor y los discos delanteros.
En
esas estábamos cuando aparece Pití en la furgoneta y me ofrece subirla al
remolque, pero ya estábamos viendo que el pedal del freno empezaba tímidamente
a bombear y entendimos que no era necesario desperdiciar los kilómetros que nos
quedaban sin disfrutar de la moto, así que nos limitaríamos a aumentar la
prudencia, olvidándome del pedal, contramanilleando, utilizando la buena
retención de “La Pinta” y tocando solo la maneta. En realidad, con el “telelever”
que monta y con el ABS no iba a tener ningún problema y, además, Valentín fue
de una gran ayuda porque iba marcando la trazada. Un gran tipo y mejor
motero... ¿o tal vez eso sea inseparable?
Los niños se despidieron de nosotros, siempre efusivos,
alegres, chocando nuestras manos y, aunque sé que no se debe, no pude
resistirme a repartir algunos de esos caramelos que siempre suelo llevar en los
bolsillos en mis viajes … Y digo que no se debe, y especialmente
en las grandes poblaciones o núcleos turísticos, porque estamos
mal acostumbrando a los niños con el tema de regalar caramelos, bolígrafos… no
digo ya con el hecho de dar alguna moneda, con el peligro que puede conllevar que haya muchachitos
que prefieran no ir al colegio y mendigar dádivas…
Un inciso para dejar claro que no debemos dejar de usar
el freno trasero, lo que no debemos es abusar de él como hice yo. Ya sabemos que el freno más potente es el
delantero, pero ello no significa siempre que sea el más eficaz y no siempre
necesitamos frenada pura y dura. Evidentemente, si nos encontramos ante una
emergencia, el freno delantero será el que comande la efectividad de la parada,
pero acompañado del uso del freno trasero. A mí siempre me ha ido bien frenar
primero (siempre que se pueda) con el trasero y luego accionar la maneta para
así minimizar la transferencia de pesos y por tanto no estresar el conjunto
delantero, el más potente; pero, para zonas de curvas o carreteras secundarias
donde nos gusta llevar un ritmo y no perderlo, es el freno trasero quien recoge
la batuta y toma protagonismo... Pero insisto, sin abusar. Pero sobre gustos, colores… Seguro que muchos
no estarán de acuerdo conmigo y hasta tendrán razón...
Después de transcurrir por sinuosos valles, la carretera
va perdiendo progresivamente su forma de serpentín y tras atravesar algunas
localidades muy pintorescas y polvorientas, en una incluso tenemos que ponernos
a la cola de una especie de procesión que más tarde nos dirían que era la
celebración del “Eid el Mawlid en-Nabaoui” (Nacimiento
del Profeta Mahoma), llegamos a Ouzoud, en el Atlas Medio, en la provincia
de Azilal, a unos 120 kilómetros de Beni Melal y a unos 150 kilómetros de
Marrakech.
Hoy no visitaremos las cascadas, nos dirigiremos
directamente a una magnífica kabash
de estilo tradicional pero adaptada a los tiempos actuales: “La Kabash d´Ouzoud”,
rodeada de jardines y con una gran piscina que rápidamente nos invitó a darnos
un relajante chapuzón tras tantos kilómetros de travesía. Sus habitaciones son
muy amplias, decoradas al estilo bereber y con todas las comodidades que uno no
podría imaginar en este lugar tan alejado. No tienen licencia para vender
alcohol, pero sí nos dejan sacar las cervecitas que en la furgoneta siempre
llevaban Antonio, Jorge y Pití. Para la cena nos tenían preparados, aparte de
la ya tradicional ensalada marroquí, una deliciosa “harira”, esa sopa
tradicional del norte de África elaborada a base de carne, tomates y legumbres,
junto a unos “tajines” de carne variados. La comida muy buena, pero imposible
terminar con todo, aun así, pude hacer el esfuerzo para tomar el postre: un dulce
a base de naranjas… ¡qué bueno estaba!
La velada se alargó en el porche del jardín,
especialmente con la cantidad de chistes y ocurrencias de Rufi, un tío buena
gente de verdad y con una gracia increíble… y con algún que otro chupito para
hacer la digestión. De pronto, empezó a caer un chaparrón y se divisaban los
rayos rasgando e iluminando las alturas y el ambiente se impregnó de ese olor a
arcilla mojada que me trajo a la mente la etimología de su término: petricor,
del griego petri (piedra) y khor (el fluido que corre por las venas
de los Dioses en la mitología griega), la agradable fragancia que reconforta el
cuerpo y el alma… y con la que me fui a dormir con el relajante sonido del
chapoteo de las gotas de lluvia sobre el suelo encharcado y mientras pensaba
que, en todos mis viajes en moto, sea donde fuere, me llueve… ¡incluso a las puertas del
desierto!
Domingo 9 de octubre.
OUZOUD – MARRAKECH
Carreteras: P3105 - R304 - R208 - N8
Kilómetros: 152.
Hoy Antonio nos ha dejado dormir un poquito más y,
después de un buen desayuno, antes de cargar equipaje y sumergirnos en nuestra
indumentaria motera, nos dirigimos a las famosas cascadas de Ouzoud a escasos dos kilómetros de nuestro alojamiento.
Dejamos nuestras motos en un improvisado aparcamiento
bajo el cuidado de un simpático bereber que se está ganando la vida. Son apenas
las diez de la mañana y nuestro guía local nos está esperando para un recorrido
a pie de dos horas y media por unos intrincados y fértiles
senderos de valles verdes, molinos, huertos y olivos, muchos olivos… No en
vano, Ouzoud es una palabra bereber
que significa oliva y, precisamente, hace referencia a estos olivos
centenarios que sombrean ese camino por el que iremos descendiendo y ascendiendo.
Empezamos nuestro recorrido desde su cima con una increíble panorámica de las cataratas, el salto de agua
más importante y bello de Marruecos, de 110 metros de altura y las más altas de
todo África (superando incluso en un par de metros a las impresionantes
cataratas Victoria, situadas entre Zambia y Zimbabue, aunque estas sí son mucho
más estrechas). Están alimentadas por las aguas
que nacen en las no tan lejanas cumbres del Alto Atlas, la cabecera del Ourika, curso de agua que riega un fértil valle que
desciende hasta el río Tensfit, ya en las inmediaciones de Marrakech.
Visitamos uno de los antiguos y minúsculos molinos, así como
una cooperativa de mujeres que se dedican a obtener aceite de argán de manera sostenible
en un comercio de precio justo. Nos explican el proceso artesanal de
fabricación y nos muestran el resultado final y su utilidad tanto
como alimento o como producto cosmético y medicinal.
Seguimos bajando por un intrincado y laberíntico paseo de
terrazas que aprovechan los lugareños para asentar precarios comercios:
chamizos, tal vez demasiados. Pudimos ir viendo las cascadas desde
diferentes puntos, cada cual nos ofrecía una vista más bonita que la anterior,
hasta descender a su base donde se hace más patente la grandeza del salto y su caudal, resultando casi un milagro esta fuente de vida entre los
áridos paisajes que caracterizan a la región. Se te queda la boca abierta admirando
este paraje mientras te envuelve la nube de agua que, como gotas de un espeso rocío,
forma el agua al precipitarse sobre el cañón y sin que el griterío de los niños,
el bullicioso negocio de las pequeñas barcazas y la multitud de chiringuitos,
nos aparten de su disfrute.
Estas aguas tienen un color chocolate, pero no porque
estén contaminadas, sino por el hecho de la tierra arcillosa que arrastran: la
arena rojiza y característica de esta zona y, a pesar del calor, nos sorprende la
frialdad de estas aguas de deshielo.
En esta zona es habitual encontrarse con macacos del Atlas, los también llamados macacos de berbería, que se encuentran
en serio riesgo de desaparición y que, aquí, suelen acercarse a los turistas en busca de alguna recompensa… Yo juraría que hasta saben
idiomas.
Tras nuestro recorrido regresamos al alojamiento; tiempo
justo y necesario para refrescarnos en la piscina y almorzar. Nos sirven
nuestra ya tradicional ensalada y unos exquisitos “cuscús” de ternera, pollo y cordero. Sin lugar a dudas, lo que caracteriza a la cocina marroquí son el
uso de las especias y la combinación de lo salado y lo dulce, conformando una
comida muy sabrosa y vistosa, llena de colores y aromas... Muy eructable ;)
A las tres de la tarde ya estamos sobre nuestras motos para
partir en dirección a Marrakech. El trayecto, que comienza retorcido en curvas,
no tardará en tornarse bastante recto y con una carretera amplia y bien
asfaltada salvo por pequeños tramos donde las obras la convierten en pistas y que,
como ha llovido, se presentan un tanto embarradas, pero “La Pinta” se está
portando.
Las vistas que hay en la carretera del Atlas son únicas y el camino también nos sirve para ver cómo se vive en las zonas más rurales de Marruecos: desde preciosos paisajes del interior de las montañas del Atlas, donde vislumbramos las nieves eternas de sus cumbres, hasta parajes desérticos.
Una de las cosas que más me sorprendió fue ver cómo la gente se desplazaba por aquella carretera en pequeños burros que se me antojaban cansados y famélicos o aquellos destartalados camiones sobrecargados con alpacas de paja en un equilibrio entre imposible y mágico.
Alto contraste el de hoy, donde la vuelta a la civilización nos llevará al caótico tráfico de Marrakech… Y como ya hemos dicho, “donde fueres haz lo que vieres”, por lo que debemos adentrarnos en esta populosa ciudad donde pilotar por sus calles es toda una locura: motos y coches que no respetan el orden de los carriles y que te salen por todos lados, huecos libres que se ocupan rápidamente por los más espabilados, giros inesperados que hacen que tus piernas tiemblen, coches de caballo y muchas motocicletas que adelantan por la derecha y por la izquierda… Las motocicletas es un transporte que usan las familias y vemos que pueden llevar hasta tres y cuatro personas...
La gran estrategia nos la da Antonio: parar en la entrada de la ciudad, reagruparnos y seguir a la furgoneta, no perderla de vista. Aun así, Antonio se
pondrá esta vez en la cola presto a rescatar a quien se salga del “pelotón” y,
sin ningún problema, a las seis de la tarde ya estamos todos aparcados en el
gran hotel “Kenzi Rose Garden” y mientras que Antonio, Jorge y Pití se hacen
cargo de la organización y del reparto de habitaciones, quedamos a la espera
refrescándonos con unas deliciosas, y ya casi amigas “Casablancas”, en el Pool-bar.
El kilometraje de la etapa de hoy, según “La Pinta”, ha
sido de 156 km. con lo que nos encontramos bastante fresquitos para poder
disfrutar de esta ciudad de mil y una noches.
El hotel es un cinco estrellas que se
encuentra dentro de un parque exuberante de tres hectáreas en la zona conocida
como L'Hivernage, relativamente cerca
del centro neurálgico de la ciudad. Las habitaciones son espaciosas, cómodas y
limpias. En general, el alojamiento fue definitivamente de diez para nosotros y será
aquí donde pernoctemos dos noches, porque mañana no pilotaremos y descansarán
nuestras monturas.
Quedamos a las ocho y cuarto de la tarde para dar un
recorrido que nos lleve a la famosa plaza Djemaa
el Fna, pasando por la majestuosa Mezquita Koutoubia (la gemela de la
Giralda). Dicen que a esta ciudad o se la ama o se la odia y, si hemos dicho
que Marruecos es un país de contrastes, creo que Marrakech es su máximo
exponente. Un shock cultural, un desmedido bullicio, una asfixiante persecución
de vendedores a la caza del turista, de encantadores de serpientes… donde ruidos,
aromas y colores llegan a su máximo esplendor. Tenemos que cambiar el chip porque es toda una experiencia y,
de nuevo, se hace necesario mimetizarnos y disfrutar del momento: “carpe diem”.
Nos adentramos, no sin dificultad de perdernos del grupo, en el corazón de la ciudad: ¡la plaza es enorme! Su nombre significa "Plaza de la muerte", haciendo referencia a su macabra utilidad en tiempos no tan pretéritos. Mucha, muchísima gente; vendedores, faranduleros, saltimbanquis, sonido de timbales… Y una vez aclimatados al entorno, nos dirigimos al famoso “Café de Francia”, uno de los locales más antiguos de la plaza y toda una institución; desde su terraza, en la azotea, vamos a disfrutar de un atardecer memorable con unas vistas panorámicas inolvidables a la par que saboreamos un delicioso y más que azucarado té con menta.
La cena será también en la plaza, en el restaurante “Zeitoun Cafe”, muy grande (tres pisos), repleto de comensales, con una carta muy variada y una ubicación excelente… pero donde hay que relajarse y tener mucha paciencia; de nuevo “la prisa mata”. Allí cada cual eligió a su gusto y tuvimos la oportunidad de probar un poco de todo. Todo muy rico, pero con una tranquilidad ceremoniosa, casi solemne y no apta para trastornados por hiperactividad. Paciencia, mucha paciencia porque, precisamente hoy, el local “estaba hasta la bandera”. Para la vuelta al hotel, ya bastante tarde, lo mejor fue distribuirse en los “petit taxi”, no sin antes regatear el importe de la carrera, porque siempre el arte de regatear tiene que estar presente en este país.
El sueño vino de pronto, el día de hoy estaba haciendo
sus estragos y la hermosa y confortable cama hizo el resto; pero, ya desde la
tarde, y mientras disfrutaba de este exótico destino, comencé a notar unas
“mariposillas” en la tripa que no eran fruto, precisamente, del enamoramiento a esta civilización, y esas alevillas se tornaron aquella noche en unos
centrifugados que me tuvieron en vela y en constante peregrinación al baño con
un cuerpo un tanto maltrecho: los efectos de la “indisposición del
viajero” y, parece ser, que no fui su única víctima… Pero, en fin, corramos un
tupido velo porque había que seguir corriendo aventuras y esto es algo muy
común cuando se viaja por estos y otros lares. Solo apostillar, que en todo
momento la organización estaba ahí para ayudar en todo lo que fuera necesario
y, además, contábamos con Imanol, que es médico de profesión y mejor persona.
Lunes 10 de octubre
MARRAKECH
Hoy, como ya he comentado, descansarán nuestras motos y seremos
un grupo de turistas más como otros tantos que invaden esta gran ciudad; la
gran ciudad ocre que parece no dormir; bueno, realmente es que no duerme…
Nuestras motos descansarán, pero no nosotros. Hoy cambiamos la indumentaria de
moteros por la de visitantes.
Nos dirigimos en primer lugar a los vastos Jardines de la Menara con su gran
estanque de la época almohade y sus miles de olivos. El edificio central que
preside el lago fue encargado por el sultán Sidi Mohammed y se dice que
antiguamente fue el lugar de los encuentros amorosos de los sultanes de la
ciudad. Desde aquí, las vistas del Atlas son increíbles. Más que un jardín es
un tremendo olivar y realmente se ve rápido, siendo más interesantes las
explicaciones e historietas de nuestro ameno guía que el propio lugar en sí.
Cruzamos de nuevo la ciudad y, en un corto trayecto, el
microbús nos deja cerca de la gran puerta Bab
Agnaou, en la medina, para dar un paseo hasta las Tumbas Saadies a través de un estrecho pasadizo a la derecha de la Mezquita Moulay El Yazid. Realmente es
complicado acceder a este impresionante complejo funerario, por lo que no nos
extraña que, aunque datan del siglo XVI, no se descubrieran hasta bien entrado
el siglo XX. Fueron las tumbas sagradas de los sultanes y se encuentran justo al
lado del Palacio Real.
Continuamos nuestro periplo hacia el Palacio de la Bahía, construido para ser el palacio más espectacular del mundo. Accedemos al Mellah , antiguo barrio judío, por la plaza de los hojalateros y por el laberinto de callejuelas llenas de tiendas y algún que otro puesto de comida que conforman el zoco. De ahí, de nuevo a la plaza Jamaa el Fna, que cambia su fisonomía a la luz del día y, ya muy cerca, nos estaba esperando el microbús para llevarnos al restaurante “Casa José”, de ambiente español y, aunque no dejamos de valorar las maravillas de la comida marroquí, se agradece ese respiro y reencuentro con esas gambas al ajillo, esa tortilla de patatas, esos calamares, ese pulpo, la paella…. y, sobre todo, esas cervezas y vinos a temperatura perfecta. Todo un acierto de Antonio, aunque algunos fuimos muy muy prudentes y tuvimos que sacrificarnos por aquello del “ajetreo estomacal”.
Tras la comida, el grupo se dispersa: tiempo libre; y un
servidor aprovecha para perderse por el zoco, la plaza, el Palacio El Baldi y otros interesantes lugares que conocí esta
mañana y ahora podían ser centro de mi atención… porque Marrakech es una ciudad
que se disfruta paseando y sumergiéndose en su atmósfera, disfrutando de sus
rincones, disfrutando del bullicio, del mercado de las especies, el de los cueros
y el de la locura… con el sonido del llamado a
los fieles al “salat”, que es la oración.
Habíamos quedado a las ocho y media para cenar, pero realmente
mi organismo necesitaba con avidez de un ayuno. Un respiro que el cuerpo supo
agradecer y que también me aconsejaba Imanol.
… Así que continué vagando, hasta que mis pies ya no podían
seguir dándome tregua y me llevaron al hotel… Una buena ducha para caer en los
brazos de Morfeo sabiendo que el día siguiente nos aguardaba con una intensa
jornada rumbo al corazón del Valle de Dadès, para reencontrarnos con
los imazighen, “los hombres libres”: los bereberes del Dadès.
MARRAKECH - BOULMANE DADES.
Carreteras: N9 -P1506- N10
Kilómetros: 310
Desayuno en el hotel listo y
nuestro equipaje e indumentaria preparada para el gran día que nos esperaba
hoy. A las ocho y media ya estábamos
saliendo del hotel y dejando la populosa locura de Marrakech… Dejamos su
tráfico de coches, motos y caballos para volver a la tranquilidad de las
carreteras del interior donde el reencuentro con las motos será un placer entre
curvas y, aunque tampoco serán muchos los kilómetros, el trazado de la
carretera ya nos estaba indicando que nos esperaría un largo
viaje por delante, “iin sha' allah”.
Después de repostar, en la Station Afriquia, esperar que nos hicieran el pan en un horno artesanal y aprovisionarnos, seguimos en dirección al Aubergue Agad, donde llegamos sobre las doce del mediodía; un buen momento para descansar y tomar un café o un té moruno a pie de camino y a la sombra de una fresca parra.
Los retazos verdes de Marrakech han ido abandonando su
protagonismo ante el ocre serpenteante de esta zona montañosa que se anticipa a
la llegada del Sáhara, aunque todavía nos sorprenderán valles que pondrán su
pincelada discordante entre esta zona tan agreste.
Queremos llegar hasta el lado oriental del Alto Atlas, la
subcordillera donde se encuentra la mayor altitud; para ello, hoy cruzaremos el
Col du Tickka o Tizi n’Tichka, famoso
paso del Atlas de Norte a Sur de 2260 metros de altitud, para llegar a Ait Ben
Haddou, Patrimonio de la Humanidad y escenario de cientos de películas. Ait Ben
Hadu es una ciudad fortificada o ksar
que se encuentra en la provincia de Uarzazat o Ouarzazate en la región de
Draa-Tafilalet.
Toda esta zona pertenece a la denominada Ruta de las Mil Kasbahs, cuyo nombre
hace referencia a la construcción tradicional de adobe tan habitual en el sur
de Marruecos. Un recorrido que pasa de las cumbres nevadas del Atlas al
desierto, dejando atrás estos valles y cañones que combinan el paisaje seco con
la vegetación de ribera, camino de Ouarzazate. Muchos recordarán películas como
Lawrence de Arabia o La guerra de las galaxias, rodadas aquí.
Comeremos en Ouerzazate, sobre las dos de la tarde, en el restaurante de la Station Total El Ouarzazi donde se puede
combinar la comida típica marroquí con la cocina más internacional. Un lugar
donde podemos encontrar muchos coches clásicos, tal vez utilizados en los platós
de la cercana ciudad del cine: los legendarios Estudios Atlas, veinte hectáreas para el cine rodeadas de desierto,
y es que Ouarzazate presume de ser la capital cinematográfica de África.
Reanudamos nuestra marcha, son las cuatro y media de la
tarde y todavía nos queda una buena jornada de carretera zigzagueante con el
escarpado paisaje típico de la región.
Nos adentramos en el valle del Dades al atardecer, la hora ideal para que las montañas que nos rodean se iluminen con la cálida luz del sol que, sin quererlo, se está lentamente despidiendo del día. El paisaje es mágico, con montañas de color teja y malva a ambos lados de la carretera. Además, las decenas de kasbhas que encontramos se nos antojan muy fotogénicas a estas horas del día. En el fondo del valle discurre un río por lo que crece abundante vegetación y hay muchos campos de cultivos y frutales. Es imposible no parar para disfrutar de algunos puntos panorámicos que vamos encontrando en este profundo barranco al que vamos accediendo por estas carreteras que parecen estar diseñadas para motos y por las que soñamos conducir. La vida rural se percibe en cada rincón, en cada curva… con
mezquitas asentadas al filo de la carretera, donde la gente se conoce y se
saluda amigablemente, charlando a la salida del rezo, vestidos con túnicas
blancas como símbolo de pureza.
El valle del Dades también es famoso por la hospitalidad
de sus habitantes, siendo la mayoría de origen bereber. Las mujeres de esta zona se ven cargadas con
grandes fardos de alfalfa, mujeres que trabajan en condiciones realmente
adversas y con un clima bastante extremo.
Finalmente llegamos a nuestro lugar de reposo para esta
noche, el “Riad des Villes Charrues”, en la población de Boumalne Dadès, en el
límite del Alto Atlas, una pequeña población donde una única calle central da
la bienvenida. Nuestro alojamiento es un lugar muy apacible y acogedor, con sus
techos de madera sobre unos troncos desbastados que simulan palmeras. Un hotel
rural y familiar dispuesto en miradores escalonados, donde destaca la amabilidad
de nuestros excelentes anfitriones. Desde sus terrazas se puede apreciar la hermosa
vista, pero bien abrigados porque estamos a una gran altitud: 1.600 metros de
altura… La piscina hoy… ¡ni mirarla!
Para la cena nos sirvieron una estupenda sopa de vegetales bereber y una gran variedad de platos de la cocina tradicional marroquí. Posteriormente, tuvimos una animada fiesta, también al estilo bereber, amenizada con tambores y cánticos tradicionales… Las bebidas las llevábamos nosotros… Y así calentitos y contentos nos fuimos a la cama bajo dos buenas mantas de lana… Mañana será otro día. Otro bonito día, “insha'Allah”.
Miércoles, 12 de octubre
BOULMANE DADES - MERZOUGA
Kilómetros: 340
Carreteras: R704 - N10 - R703 - R113 - N12 - N13
Tenemos que aprovechar todas las horas del día, porque, aunque la jornada de hoy tampoco es extremadamente larga, (340 km.) la orografía del terreno sí hace que los caminos necesiten su tiempo.
A las 10 de la mañana ya estábamos desayunados, cargados y dispuestos sobre nuestras motos para seguir por la única calle de la localidad, donde se tiene que hacer el desvío para coger la carretera R704 ascendiendo unos 29 Km. para llegar a la llamada "Serpiente del Dades”, y que más que una carretera se trata de una sucesión empinada de eses muy cerradas; izquierda, derecha, izquierda… rítmica, preciosa, una auténtica culebra que recorre una de las paredes de la Garganta del Dades hasta llegar al mirador que hay junto al Hotel Timzillite. Desde allí, la vista es sensacional y uno se pregunta ¿cómo he llegado hasta aquí con la moto? Más allá, la carretera continúa, pero nosotros desandamos nuestro camino; es decir, tras la subida impresionante y las fotos de rigor, ahora vamos a descender curva a curva para seguir nuestro itinerario marcado y dirigirnos hacia la Garganta del Todra. Alguien dijo que a veces es necesario un camino realmente tortuoso para enderezar la cabeza, así que bienvenidas sean estas curvitas... Y los frenos siguen bien, parece que voy aprendiendo.
A mi entender, estos son dos de los paisajes más fotogénicos
que se pueden visitar en Marruecos: cañones de roca jurásica en pleno Alto
Atlas y a las puertas del desierto que parecen partir la montaña en dos, como
si la propia Tierra indicase que el camino hacia el sur de Marruecos está por
ahí, con una fisonomía que parece recordar al Gran Cañón del Colorado, pero en
pleno corazón del del país alauita.
Pero para llegar hasta la Garganta del Todra, como decimos,
tenemos que retroceder y recorrer ahora unos 90 kilómetros en dirección a Tinghir,
desviarnos y encarar de nuevo otra sucesión de curvas hacia la Garganta. Previamente
habíamos repostado a mitad de camino (en Total
Energies Gorgers de Todha) para asegurarnos el combustible necesario.
El paso del río Todra, con apenas caudal, tiene unas
dimensiones excepcionales. Las paredes pueden alcanzar los 300 metros de
altura, mientras que la garganta se estrecha hasta tan solo 30 metros de lado a
lado. Un auténtico pasillo natural de rocas con paredes verticales de
interminable piedra. Para recorrerla, lo mejor es dejar la moto y caminar, para
dejarse impresionar por la altura de los acantilados. Dada la magnitud de las
paredes el paisaje se vuelve sombrío, dejándonos empequeñecidos ante esta obra
de la naturaleza. Algunos puestos ambulantes animan el camino.
Boquiabiertos por el espectáculo gratuito que la
naturaleza nos acababa de regalar, retrocedemos hacia Tinerhir, se deshacen los
15-20 km de carretera, y nos fijamos en varios kasbah y su precioso palmeral, con
cuidado de no salirnos de la carretera; no porque esta estuviera mal, sino
porque las vistas, de nuevo, nos hechizan… Y así, un buen trecho hasta volver a
la aridez camino del desierto, con sus paisajes parduzcos y rojizos, más o
menos montañosos, donde soplaba un airecillo amarillento que no dejaba
vislumbrar bien el horizonte. Aunque en un inicio pueda parecer “soso” circular
por este terreno, lo cierto es que se despliega ante ti una impactante
diversidad de colores ocres que te va rodeando y acabas sumergiéndote en sus
ondulaciones amarillentas.
Tras un nuevo repostaje, y en dirección Este, seguimos
viendo algunos pequeñísimos pueblos entre las montañas, algunos paisanos, algún
burro, casas de adobe semiderruidas y vendedores de fósiles… Paisajes de puro desierto
que nos hacen sentir como unos bereberes en caravana… pero de motos, que se
dirigen hacia la localidad de Risani. Allí llegaremos pasadas las tres de la
tarde para tener un “recreo” en el Kabash
Hotel Ziz Palace, un verdadero oasis donde nos tenían preparado un
abundante almuerzo marroquí, como ya nos tienen mal acostumbrados y, quienes
quisieron, pudieron gozar de un refrescante baño en su fabulosa piscina.
Ya estamos en el desierto, llevamos un buen trayecto de pleno
desierto pedregoso y lo vamos a contemplar en su pleno esplendor a pesar de una
ligera calima.
Son las cinco menos cuarto cuando partimos para completar los apenas 37 Km. que nos separaban de nuestro destino en el campamento de tiendas bereberes de “Alí El Cojo”, sobre las arenas doradas del desierto Erg Chebbi, a través de una carretera solitaria, cómoda y recta para que finalmente, y tras un tramo de pista que hacía “culear” a La Pinta, pudimos acceder al Borj Merzouga Camp, sobre las dunas de fina arena y con su componente mágico y atrayente. Un anteparaíso poético.
Nada más llegar, tras la algarabía inicial y una vez
distribuidas las tiendas donde pasar la noche, nos despojamos de nuestras ropas
de motoristas y nos dirigimos al ritmo acompasado de los lomos de dromedarios,
cual auténticos Reyes Magos, para ver el atardecer sobre las dunas y poder
caminar por una arena sin fin, con tan solo el silencio como compañero… Una
experiencia inolvidable… En esas grandes olas que son las dunas, y que se
mueven con sigilo, nos sentimos libres bajo un cielo de ningún color, sino de
cielo…
Dejamos de reservar fuerzas y trepamos y bajamos con la
espontaneidad y el asombro de un niño. Y nos quedamos cautivados, especialmente,
cuando llega el momento en el que las dunas se tragan esa gran bola de fuego y
la arena va cambiando progresivamente sus tonalidades… Y como dice el pasodoble, “allí
nos compadeceremos de toda esa gente, que no disfruta este cielo”.
Uno se imagina el desierto como una playa enorme, pero no es así; es un espacio que invita a perderse o encontrarse, donde uno siente que es otro; el desierto refleja nuestro yo asustado que es capaz también de ser otro, de reivindicar la voz que duda...
...Y, al final, en el desierto se acaba encontrando refugio. Como bien describe Ruiz Zurita, es “la imagen más profunda y exacta de lo que es el alma contemporánea: su aparente nada, pero para la cual basta un cambio de luz al ponerse al sol para que se transforme absolutamente en otra cosa. Aridez total, y al mismo tiempo una cierta grandeza que sobrecoge”. Es la experiencia de la propia libertad. Vaciar el desierto de esta dimensión mística y mítica sería reducir nuestra experiencia, la experiencia del ser, a una mirada mecánica y técnica que mata el sentido poético de la vida natural.
Con el sol ya descansando volvemos al campamento, tiempo
de distensión, charla amena tumbados sobre las alfombras que cubren la arena
mientras saboreamos unas cervezas y la cena se prepara. El festín será en el
interior de una gran jaima con cabida para todos y la comida bereber fue
ampliamente aplaudida por el grupo, exquisita.
El café, el té u otras bebidas más espirituosas, o
pecaminosas, las tomaremos alrededor de la hoguera con las estrellas como techo
y amenizados por los ritmos acompasados de una divertida fiesta bereber, con
música tradicional de tambores y timbales.
El cielo y las estrellas son perfectos; la escasa densidad
de población unido a la amplia extensión del terreno, da como resultado una
contaminación lumínica nula y el cielo nocturno se nos presenta ahora limpio,
como un conglomerado avaricioso de estrellas.
Por un buen rato, me alejé del campamento y empecé a ascender por las dunas admirando ese firmamento, la quietud, el silencio del desierto… Hace frío en la noche… La soledad del lugar y la grandiosidad de la inmensa bóveda te hacen sentir pequeño en esta ventana al universo con miles de estrellas concentradas de punta a punta y hasta donde la vista alcanza. ¿Sería este el cielo que contemplaban nuestros antepasados? Era el cielo que se adornó, en la Europa occidental, con las historias mitológicas de los dioses del Olimpo, el cielo que permitió a Galileo Galilei observar los satélites de Júpiter con un precario telescopio… En definitiva, el cielo nocturno, primitivo, que ha permitido durante milenios una conexión cósmica de los humanos con el universo. Ahora, para verlo tal como lo vieron ellos, estoy yo aquí… y me siento un privilegiado… La mística es amiga del desierto, acaso porque en él resulta más fácil considerar la vida como un don de la gracia: nada existe sin ella, todo existe por ella y solo por ella… Pero el frío me hace retomar el camino de vuelta y de nuevo participar de las mil y una historias que mis camaradas cuentan arremolinados alrededor de la hoguera, mientras el desierto duerme… o nos acecha. Yo estoy convencido que nos vigila.
Llegado es el momento de irnos a dormir, la ruta y las emociones de hoy no nos dan para más, además, me apetece ver ese amanecer en el desierto del que tanto me han hablado y eso me obligará a madrugar, o lo que es lo mismo, a levantarme dentro de un ratito.
La jaima es muy cómoda, calentita, y tengo la suerte de
tenerla justo en el vértice del campamento al pie de una gran duna. Tempus est dormire.
Jueves, 13 de octubre
MERZOUGA – ERG CHEBBI – RISANI – Y AVENTURAS EN EL
DESIERTO
Día sin motos.
(…)
El Oriente se incendia en
colores...;
Los colores en vívida
lumbre...,
¡Y por encima del áspera
cumbre
sale el disco inflamado
del sol!
(Del poema Amanecer de Pedro A. de Alarcón)
Subir a pie una gran duna para ver amanecer requiere de un gran esfuerzo, pero queda recompensado cuando van apareciendo los primeros atisbos de los rayos de sol.
Al igual que
el ocaso, el orto también constituye el mayor hito del día: las tinieblas van
cediendo a los telones de luz que colorean el horizonte y anuncian la salida
del sol.
Se me amontonaban en mi mente los recuerdos del libro “Amanecer
en el desierto” de Waris Dirie, ese emocionante viaje al propio pasado, de
búsqueda y reencuentro, de intento por conciliar dos mundos totalmente
distintos: el glamuroso mundo del “éxito” occidental y una infancia
transcurrida en el desierto… Y de manera especial al recordar a esos niños que
te venden los fósiles y suvenires a pie de carretera y pensar en el futuro que
les espera anhelando un mundo occidental… ¿Tal vez no sería mejor quedarse aquí con su felicidad del nada
tengo, pero lo tengo todo, o saltar al sueño del “primer mundo” que
aparentemente es tan idílico…?
Tras estar allí sentados durante unos minutos, sin movernos, sin hablar, simplemente disfrutando del momento, nos levantamos y comenzamos a bajar. Nos esperaba el desayuno. Esta vez lo necesitábamos más que nunca. Necesitábamos reponer fuerzas tras el desgaste de subir aquella montaña de arena.
Como ya nos tienen, y repito otra vez, mal acostumbrados, el desayuno fue pantagruélico; tras lo cual, nos recogieron vehículos 4x4 y, atravesando pedregosas pistas, fuimos por el corazón de este mar de polvo y arena para visitar el mercado de Rissani y sus alrededores.
Rissani es la localidad conocida como la puerta del desierto,
a unos kilómetros al Sur de Merzouga y a
unos 26 km. de nuestro campamento (más de una hora para hacer esos pocos
kilómetros ¡y a buen ritmo!). Esta ciudad es un lugar que todo viajero que vaya
a Marruecos tiene que visitar, aunque no es para turistas. Es una población,
insisto, del desierto: encrucijada de comercio local y mercado tradicional pre-sahariano.
Un verdadero viaje al pasado para los que estamos acostumbrados a las modernas
cadenas de supermercados o compras por internet; donde puedes apreciar más la
vida cotidiana de la gente autóctona que viene a abastecerse o a vender sus productos.
Aquí, olvídate de comodidades, arreglos o la higiene a que los turistas
occidentales estamos acostumbrados; pero, en cuanto a autenticidad y añoranza
por tiempos pasados, deja en mantillas a otros zocos que conozco. El mercado de
los mil aromas es, en sí, un recinto cubierto y cuadrangular con un anexo para
la venta de animales vivos. Está dividido en varios sectores, conocidos como rahbas o plazas. En el cruce de sus callejuelas se encuentran
los mercados de dátiles, frutas, cereales, el bazar artesanal, las tiendas de
ropa y de equipamiento para el hogar, así como los talleres de ferreteros, carpinteros,
carnicerías y puestos de comida donde ofrecen la auténtica y deliciosa medfouna, una pizza o empanada bereber.
En definitiva, resulta una experiencia inolvidable que
provoca el deseo de sacar fotos y fotos; pero ¡atención! ese tema es delicado;
los compradores del mercado y muchos de sus vendedores (los suwaka) conservan la tradicional
prevención musulmana ante las fotografías.
Por las polvorientas calles de Risani circulan los campesinos bereberes de toda la región montados en esos minúsculos burritos, carros y bicicletas, muchas bicicletas, a la par que algún que otro vehículo vetusto muy destartalado y sobrecargado. Las escenas, los tipos y los atuendos parecen sacados de una película, pero es que resulta que son de verdad verdadera. Es lo que es…Pero, además, esta población, tras su aparente discreción oculta y de ser un enclave importante en la provincia de Errachidia, posee un glorioso pasado como ciudad sagrada y es la cuna de la gloriosa dinastía alauita y heredera de la famosa ciudad de Siyilmassa. Por todo ello, goza de un estatus espiritual privilegiado en la región y por sus alrededores se distinguen sus espléndidos ksours centenarios salpicados de palmerales.
Para descansar del bullicioso ajetreo de este mercado del
siglo VIII y su incesante regateo, hizo falta un momento de relax en la terraza
del Hotel Panorama, sentados al
estilo marroquí, para saborear un delicioso y reconfortante té a la menta antes
de cubrir los aproximadamente 28 kilómetros (una hora por las crestas de arena
del desierto), que nos separaban del singular poblado bereber donde nos
aguardaba el almuerzo, concretamente en el Maison
Acacias. El camino transcurre por antiguas pistas del Dakar y en más de una
ocasión tuvimos que esforzarnos para sacar los coches que quedaban atrapados en
las dunas para alcanzar el Oasis
Tisserdmine. Allí nos habían preparado una barbacoa lugareña muy bien
condimentada y, tras los postres, disfrutamos de un paseo a pie por los
yacimientos de fósiles, siendo los propios niños de la zona los que nos
esperaban encantados y orgullosos para enseñarnos sus peculiares parajes y su
precaria escuela: la única edificación de estilo occidental, un aula unitaria con
un escueto mobiliario y sin rastro alguno de material bibliográfico o
didáctico.
Pero el día todavía no había terminado y, de nuevo en
nuestros ya queridos e indestructibles 4x4, nos dirigimos al Morocco National 4x4 Auto Museum, entre
las localidades de Mezourga y Khamlia, una curiosa exposición de vehículos de
Scheikh Hamad, con algunas grandes reliquias y modelos que probablemente nunca
veremos circular. Una gran sorpresa
encontrar este museo aquí, en medio de la nada.
Muy cerca de allí, y sin querer dejar de disfrutar del
momento, de emociones y sensaciones fuertes, alquilamos buggies y quads, una
divertidísima aventura, esta vez sí para turistas, y una forma ideal de tener
una primera toma de contacto con la conducción en dunas sintiendo la adrenalina
a flor de piel: adultos jugando como niños…
Ya al atardecer, volvimos al campamento para descansar un
rato o simplemente pasear por las dunas mientras nos preparaban la cena y donde,
de nuevo, compartiríamos risas y timbales en una fantástica velada rememorando
las anécdotas del día.
Mañana volveríamos con nuestras motos y la jornada de
nuevo prometía ser también completita y repleta de emociones.
Viernes, 14 de octubre
Carreteras: R702 - N13
Kilómetros: 438.
Nuestra salida será muy temprano, hoy nos espera una
buena jornada de kilómetros y carreteras marroquíes.
A desayunar con todo dispuesto y a las siete de la mañana
ya estábamos atravesando la pista que nos alejaba del campamento para alcanzar
la carretera. El propósito del día es ir haciendo paradas en parajes
impresionantes y disfrutar de otra de las carreteras más bonitas de Marruecos,
apodada como “la Ruta Interminable”.
Hicimos nuestra primera entrada en Erfoud, una ciudad situada en un oasis del desierto del Sáhara, en la región de Draa-Tafilalet, para adquirir algunos recuerdos y visitar una impresionante tienda de fósiles, porque entre Merzouga y Erfoud se encuentra un mar plagado de reliquias de la era primaria, uno de los más importantes yacimientos de fósiles del mundo.
Hoy iremos avanzando desde lo más árido para ir
adentrándonos en los caminos más verdes, pero queda ruta… aunque fuera del alcance del turismo masivo y donde volvemos a
recorrer el Marruecos más profundo y auténtico, donde los grandes protagonistas
son la carretera y los paisajes…
Erfoud está situada en el valle del río Ziz, y es en el
gran palmeral del Tafilalet donde paramos a admirar un paisaje digno de ser
fotografiado, otro escenario de película. La ciudad se encuentra a 802 metros
de altitud y está dominada por los montes sobre los que hay dos pequeñas fortalezas:
el Borj Este y Borj Sur.
Transcurrimos por el Valle del Ziz con la intención de
cruzar las entrañas del Medio Atlas y, a la vez que vamos ascendiendo y zigzagueando
las abruptas montañas, la carretera se va haciendo cada vez más retorcida y,
con ello, más interesante… pero más había que estar alerta porque se establece
ese juego continuo de estar pendiente del camino y no quererte perder un ápice
del espectáculo que se nos ofrece en las orillas; porque este valle jurásico,
conforma un paisaje único y, especialmente, donde el río dibuja una icónica hoz
quedo obligado, sí o sí, de manera cuasi-compulsiva, a sacar el móvil y
disparar la cámara.
Este valle es una auténtica encrucijada de caminos y cualquier
recodo invita a dejar la moto y pararse a escuchar los pájaros, ver el vuelo
sostenido de rapaces y disfrutar, en definitiva, de la escarpada naturaleza. El
estímulo visual es monumental. Poder disfrutar del paisaje, tan extenso y
variado, todo un regalo, por ende, insisto, hay que extremar la prudencia,
porque el motociclismo no es peligroso en sí mismo. Sin embargo, es
extremadamente implacable con la falta de atención, la ignorancia, la
incompetencia o la estupidez.
Sabíamos que el viaje por carretera iba a ser largo… Y lo
fue. La ruta de Erfoud a Meknes incluía obras por todas partes; una carretera
buenísima que de pronto se corta y se convierte en un atascadero de piedras y
tierra… Pero no hay quien nos pare. Continuamos por esta carretera de montaña
pasando por poblados, cañones y acantilados increíbles. Muy cerca del punto más alto del recorrido, no
tuve más remedio que quitar el contacto para vislumbrar el lago Aguelmame Sidi Ali, justo donde la
región Draa Tafilalet da paso a la región Fez Mezkinez. Es una pena que debido a la sequía esté tan
mermado y no merezca la pena coger esa pequeña desviación que sale a nuestro paso; pero, incluso así, me pareció mágico ver un lago de tal dimensión en
mitad de esta zona tan árida y rocosa.
Así nos encontrábamos cuando llegamos a alcanzar al popularmente
conocido “Puerto de los monos”, llamado así porque aquí es donde tiene su
hábitat natural el Macaco de Berbería (Macaca Sylvanus), curioso habitante de
estos bosques y que se deja fotografiar con los aventureros del mundo… y con
todo aquel que le regale una chuche. Ojo, porque pueden ser unos “cabroncetes”
y cuidado con los que se encuentran rezongando en medio del carril…
Nos encontramos en la zona situada en el Parque Nacional
de Ifrane, donde sus más de 50.000 hectáreas protegidas albergan el mayor
bosque de cedros, Cedros del Atlas, la
mayor masa forestal de este tipo del mundo. Aquí viven ejemplares de más de cien
años de antigüedad compartiendo territorio con nogales y encinas... Allí, como
digo, pudimos ver e interactuar de nuevo con estos monos rubizones que ya
conocimos en Ouzoud. Esta zona se la conoce como la “Pequeña Suiza” y es una
zona recreativa entre la gente adinerada
de Marruecos que vienen para desconectar o practicar el esquí y de la que bien
saben sacar partido, aunque desafortunadamente, y a mi pobre entender, no se
estén midiendo las consecuencias.
La comida la hicimos en las inmediaciones de Boufakrane, unos 315 kilómetros
recorridos desde que dejáramos el Valle del Ziz, muchos más desde que dejamos
el campamento, y entre alguna que otra parada y las circunstancias de la
calzada, llevábamos cinco horas y cuarto sobre nuestras monturas cuando aparcamos
junto al Restaurant Cafe Al Horia a las
tres de la tarde. Este lugar es el típico local en donde la carne se compra en
la carnicería anexa al restaurante para que te la cocinen; te sirven la
ensalada y consumes las bebidas; un delicioso almuerzo a base de cordero a la
brasa en sus distintas variedades y aderezos morunos, todo un goce para el
paladar más exigente con el plus añadido del hambre que dan las motos y la
carretera.
Tras el café, partimos para parar a repostar a unos
quince kilómetros más adelante. Es en
ese momento, cuando descubro que mi rueda trasera lleva un gran clavo
incrustado en el neumático… a saber desde cuando venía conmigo este polizón…
Afortunadamente, junto a la estación de servicio hay un pequeño taller de
neumáticos, pero mi alegría inicial se desvanece cuando descubro que el chico
encargado del establecimiento, aunque se muestra muy servicial y presto, con
mucha voluntad, ¡quiere poner un parche exterior sobre la rueda!… El pobre no
tenía ni idea; menos mal que enseguida llegó mi amigo "Er Yisus", que no solo sabe
bien lo que se hace, sino que dispone de todo lo necesario y, en segundos, me
solucionó el problema con un macarrón y, a la par, nos dio una clase magistral…
Poco después ya estábamos atravesando las murallas de
Meknes, también llamada Mekinez. Una ciudad que conozco bien por mi anterior ruta
en moto con sidecar por el Norte y por excursiones con mis alumnos. Una de las
cuatro ciudades imperiales de Marruecos y, como dato curioso, decir que es la
región que mayor cantidad de vinos produce en todo el país. Algo llamativo, puesto
que, en este reino, y como ya he apuntado, beber alcohol es algo que está mal
visto… aunque sé de algunos lugareños a
los que les encanta… Y otros inclusos que aseveran que el jamón no es jalufo… Ahí lo dejo.
La llegada al Riad
Yacout, nuestro alojamiento de hoy en el barrio de Lalla Aouda, fue a las cinco y media. Este Riad, catalogado entre
las residencias más bellas de la Medina de Meknes, es famoso por su ubicación,
la calidad de sus servicios y su restauración, con una cocina que mezcla
sabores y colores talentosos de la cocina marroquí. Y sin dilación, en cuanto dejamos
nuestras motos en la misma plaza Lalla
Aouda, bajo la atenta mirada de un guardacoches de fiar, y tras una buena
ducha, salimos con un guía local para dar un recorrido por la ciudad hasta la
hora de la cena.
Como ya he dicho, Meknes es una ciudad imperial, tal vez la
menos conocida si la comparamos con Marrakech, Fez o Rabat; pero, gracias al
poco turismo, en esta ciudad se respira un ambiente mucho más amable y
distendido, pudiendo sentirte menos cohibido y caminar más libre y relajado. Es
una ciudad, repito, que conozco muy bien, pero donde siempre se descubren cosas
nuevas y, nuestro guía, nos va contando la historia y detalles de los lugares por
los que vamos pasando, entre los que destaca su zoco, la Plaza el-Hedim (el
centro de la vida pública y cultural de la ciudad) y la Puerta Bab el-Mansour
que comunica la plaza con la antigua ciudad imperial de Mulay Ismaíl.
Cae la noche y, como por arte de magia y tras cruzar una
puerta del zoco, ya estamos de nuevo en el Riad, donde, entre otras
exquisiteces, nos prepararon un pollo al limón realmente sabroso.
Tras una agradable tertulia, que normalmente se centra en
hablar de motos, en las anécdotas de la jornada y en soluciones baladís para
arreglar el mundo, nos retiramos a descansar porque mañana sería otro día… pero
no otro día como los que nos precedieron… Realmente no queríamos que terminara
ese día, era esa sensación parecida a la de las tardes del domingo que anuncian
la llegada del lunes y con ello el fin del descanso y la vuelta a la semana de
trabajo… Y es que mañana, aquel mañana, “se acabó lo que se daba”. Y, por si
fuera poco, el embarque que teníamos programado para las 14 horas se había
adelantado una hora, por lo que tras el desayuno habrá que salir temprano, más
temprano.
MEKNES – TÁNGER – TARIFA + PUERTO REAL
Kilómetros: 438 + 99 = 537
Carreteras: A2 - R405 - R107 - A5 – N340 Esp – A48 Esp
Madrugamos para preparar nuestro equipaje y, tras el
desayuno, ya estamos de nuevo en nuestras motos cuando no son las ocho de la
mañana. Esta vez camino de Tánger… sabiendo que nuestra experiencia se acerca a
su fin y pronto conectaríamos con una tediosa autopista en una mañana con una
niebla bastante densa y espesa, casi llovizna, que se iba adhiriendo a nuestras
viseras y que, como autómatas, cada cierto tiempo nos obliga a pasar el guante
por la pantalla.
En la autopista rodamos manteniendo velocidades
constantes y a un ritmo rápido, aunque siguiendo esa máxima de que “nunca se
debe pilotar más rápido de lo que tu ángel de la guarda puede volar” …y si se
te olvida, recuerda que para ello hizo el hombre los radares… Pero es cierto
que la autopista a Tánger ofrece un entorno monótono y, salvo por los peajes,
tan solo haremos una parada de media hora para repostar y tomar un café…
La entrada en Tánger y conducir por ella ha resultado ahora bastante más sencillo de lo que estábamos esperando. Pronto alcanzamos a vislumbrar la puerta de entrada del Puerto de Tánger.
De nuevo nos topamos con los trámites burocráticos de rigor, tras lo cual tuvimos que ponernos en cola para ir colocando nuestras motos en pequeños grupos sobre una plataforma para que un gigantesco tráiler-escáner hiciera su barrido.
Tras este último paso, todo listo para el embarque: sujetar nuestras motos y subir a la cubierta y, aunque la salida estaba prevista para la una, los tediosos trámites de todos los pasajeros y coches que iban embarcando de nuevo me traen al pensamiento esa frase típica marroquí que ya hemos interiorizado por completo: “la prisa mata”. Así que será lo que sea…
En el barco de nuevo recordar las aventuras vividas,
últimas fotografías del grupo y algún que otro chiste, mientras improvisamos un
buen picnic con pan marroquí y productos nacionales (jamón, queso, chorizo…)
Son las cuatro y veinte de la tarde cuando desembarcamos
en Tarifa y, aquí, tras un “nada que declarar” y un rápido vistazo a nuestros
pasaportes, ya estamos fuera del Puerto de Tarifa. Abrazos, apretones de manos,
alguna que otra broma, buenos deseos para los kilómetros que nos quedan a cada
uno hasta llegar a casa…
Y así termina nuestra ruta conjunta, aunque este será un
viaje que perdurará en vuestros recuerdos.
Alejandro (el “muyayo canario”), un tío muy simpático, y
el que suscribe, enfilamos la N340 en un día ya radiante, sin viento… con una
sola parada en la Barca de Vejer para repostar. Alejandro y yo nos separamos,
prácticamente nos perdemos de vista por el intenso tráfico, en las
inmediaciones de San Fernando; él tiraba para Cádiz y yo para casa, donde llego
a las cinco y media, cansado, pero con la sonrisa en los labios porque bien
está lo que bien acaba y, en este caso, bien empezó.
Viajando en moto se enriquece el espíritu, por eso vale
la pena darse ese regalo de disfrutar la maravillosa experiencia de recorrer
kilómetros con nuevos amigos, dándose el permiso y la oportunidad de descubrir
lugares desconocidos, saboreando cada lugar, caminar y conversar con propios y
extraños.
Siempre te dicen: “¡que no te lo cuenten!”, y es del todo
cierto; ya que, al vivir la propia experiencia, la interiorizamos de forma significativa
y profunda, lo vivido lo conservaremos para toda la vida y quedará en nuestra
memoria acompañado de una fuerte huella emocional positiva.
Y así terminó esta nueva aventura. Gracias al grupo de “WhatsApp”
nos fuimos enterando cómo cada cual iba retornando a casa sin incidencias y ya,
incluso, pensando en alguna nueva ruta o encuentro…todo se andará.
“Somos moteros, y nuestro placer no es el destino, sino
el camino”
And we were happily ever
after. Vale.
A MODO DE ADENDA.
Mi agradecimiento a todos los miembros de la organización
y a todos los compañeros que en estos días fuimos más que viajeros y terminamos
siendo amigos.
Esta ruta por asfalto guiada y organizada por Ruta Cero Tours es accesible y posible
para todo tipo de personas y motos. La organización te permite pilotar a tu
ritmo, con la única condición de no sobrepasar al “road-leader”, Antonio (lo
cual es imposible), o no quedarte detrás del vehículo que cierra la marcha, lo
que nunca va a suceder al menos que necesites de sus servicios; porque entre
uno y otro dejan un margen de muchos kilómetros como para que puedas disfrutar
a tu aire, sin el agobio de ir agrupados y sentirte libre, pero estando cuidado
y, sabiendo, que siempre hay puntos de encuentro donde nos vamos a reagrupar,
repostar e iniciar de nuevo la marcha… Y que siempre estarán Jorge y Piti
detrás por si los necesitas.
Y lo digo yo que, aunque tengo que confesar que en un
principio no se lo comenté a la organización por temor a que me dejaran en
tierra, y pido disculpas por ello, todavía no tengo el alta definitiva en
Oncología (aunque sí la certeza de que la enfermedad está más que superada), y
hace apenas año y medio que sí me recuperé de un ACV isquémico vertebrobasilar
que me causó una hemiparesia secuelar y me tuvo prácticamente postrado por un tiempo
y, evidentemente, todo apuntaba a que jamás volvería a montar en moto… Pero Dios existe y la rehabilitación y la suerte
también… Y aquí estoy, “allah 'akbar”.
No quiero que piensen que soy un loco o un inconsciente,
ni que pongo en riesgo a mis compañeros, en peligro a la organización o que
puedo llegar a fastidiar las aventuras ajenas. Cuando he podido volver a montar
en moto, primero con sidecar hasta coger de nuevo las dos ruedas de menor a
mayor cilindrada, siempre ha sido con el consentimiento médico tanto de mi
oncóloga como de mi neurólogo y en función de mis avances. Empecé con salidas
muy pequeñas, nunca solo, fui haciendo pequeñas rutas hasta ir ampliando el
radio y ya, el año pasado, primero crucé España hasta Galicia, para atravesar
Asturias y Cantabria y, en otra ocasión, hice la Nacional 2 portuguesa de
Chaves a Faro. Este año, en junio, recorrí la Highlands escocesas… Y ahora me embarqué en esta ruta marroquí.
Soy consciente de que tengo que ser muy prudente y que mi
modo de montar en moto dista mucho de cómo era y debiera, pero sin prisa voy
llegando... Igualmente sé, que “La Pinta” es ya demasiado pesada para mí… pero
la quiero y ella también me quiere a mí.
Y aparte de que en este viaje la organización lleva un
seguro para los participantes; yo, por mis circunstancias, también llevaba
(igual que cuando fui a Escocia o a Portugal), un seguro personalizado con una
cobertura muy amplia para que en el caso de que me ocurriera la más mínima
incidencia se hicieran cargo de mí, y de mi moto, y dejar a mis compañeros de
ruta seguir con sus aventuras, todo atado y bien atado… como dijo aquel.
La vida me ha dado la oportunidad, ya por dos veces, de
vivir y seguir viviendo… Y lo tengo que aprovechar porque dicen que “a la
tercera va la vencida” (aunque abogo por la teoría gatuna de las siete),
así que hago mío lo del “tempus fugit” y espero aprovechar los momentos que nos
ofrece la vida y seguir montando en moto sin prisa sabiendo que para vivir con
amor el presente sólo hay que disfrutar del camino.






























































.jpg)


























































































Comentarios