Marruecos en moto by Josan.


Marrakech, Atlas y Desierto con Ruta Cero Tours.


Por el país más cercano de los países lejanos. 

Del 7 al 15 de octubre de 2022

«Las motos son para disfrutar del camino.»





Viernes 7 de octubre

PUERTO REAL – TÁNGER.

Carreteras hasta el puerto de Tarifa: CA35 - AP4 -  A408 - A4 - A48 - N340.

Kilómetros: 103.

Iniciamos nuestra aventura. Nuestro primer punto de encuentro se sitúa en Tarifa. 

Habíamos quedado a las seis y media de la tarde en el puerto de Tarifa para presentarnos, repartir los tickets del ferry que nos trasladaría hasta Tánger y charlar brevemente sobre los pormenores de la aventura que iba a dar comienzo.

Marruecos siempre me ha atraído por sus contrastes, su exotismo, sus impresionantes paisajes y la calidez de sus gentes; lo que convierte a este país en uno de los destinos preferidos para quienes buscan la aventura viajando sobre dos ruedas… Y es que viajar no es hacer turismo. Es disfrutar del paisaje, desviarse a puntos interesantes, cruzarse con la gente de los pueblos, establecer contacto con ellos. Integrarse, en la medida en que lo permita el tiempo…

Sobre las tres de la tarde, sin prisa, saco a “La Pinta” del garaje, hago los últimos chequeos, me enfundo en mi ropa de moto y abandono Pjerto Real para recorrer los pocos más de cien kilómetros que distan hasta la estación de servicio “Batalla del Salado” en Tarifa. Este primer tramo se me hace bastante molesto, ya desde por la mañana el viento de levante amenazaba con incordiar; y así fue, saltó y fue cogiendo cada vez mayor intensidad, especialmente virulento a la altura de la localidad de Conil, con fuertes rachas frontales y laterales que no me abandonarían hasta Tarifa, por lo que tenía que ir aminorando la velocidad y extremando la precaución ante los fuertes bandazos; pero lo que realmente me preocupaba es que si seguía con esta fuerza, el tráfico marítimo en el estrecho se podría cerrar; sin embargo,  ya en Tarifa, la encargada de la gasolinera, muy agradable, me tranquiliza con respecto a la salida de los ferris y me asegura que, al ser catamaranes, la salida la tengo garantizada, además de que el pronóstico iba a mejor… Y es que los tarifeños son unos auténticos expertos en esto del viento; hay que hacerles caso porque su vida y el viento van de la mano. Si en la Costa de la Luz puede haber algo de viento, en Tarifa prácticamente siempre sopla. Hay quien dice que hay una gran cantidad de lugareños con la cabeza perdida a consecuencia del levante, aunque Juan Luis, desde la Farmacia Central, mientras me despacha una caja de “biodramina”, afirma que “a los criollos no nos influye el aire. No hay más locos que en cualquier otro sitio", pero sí confirma que el medicamento estrella del establecimiento es el “Gelocatil”, un fármaco contra el dolor de cabeza.

Ya con el depósito lleno, mis pastillas para prevenir un hipotético mareo, y viendo que apenas son las cuatro y veinte de la tarde, me dispongo a adentrarme en esta bonita ciudad, que tantos recuerdos me trae, y buscar un lugar tranquilo donde poder tomar un buen café.

Tarifa es una ciudad que conozco bien, pero que nunca deja de sorprenderme. Como dicen sus guías, es la ciudad más sureña de Europa, abierta a los dos mares y abierta a todas las civilizaciones desde la noche de los tiempos, a apenas 14 km. de África y, precisamente por como azota el levante, también es conocida como "la capital del viento", habiéndose convertido en uno de los mejores lugares del mundo para la práctica del windsurf y kitesurf, lo que le está otorgando un carácter cosmopolita con numerosos restaurantes y comercios coloristas.

Precisamente, para algunos tarifeños, los auténticamente “grillados” son esos deportistas que se hacen a la mar enfundados en neopreno cuando ni siquiera los pescadores se atreven.

Tras recorrer sus calles estrechas del centro y al pie de su antigua fortaleza árabe, justo en el Paseo de la Alameda, aparco “La Pinta” junto a otras motos que se me antojan dispuestas también a la misma aventura y me dirijo a la terraza del  bar-restaurante “La Pescadería”, a poca distancia de la entrada del puerto y, efectivamente, pronto me encuentro con los primeros compañeros de ruta con los que compartiremos los primeros refrescos y con los que el buen ambiente y camaradería van a estar asegurados, porque en el mundo de un motociclista no hay extraños, solo amigos que están por conocer. Poco a poco irán llegando nuevos componentes del grupo y se van extendiendo las presentaciones, los apretones de manos, los primeros chistes... Demasiados nombres para un primer encuentro, pero tiempo al tiempo... Días tendremos por delante.


A las seis y media en punto, nuestras motos arrancan y con estruendo recorremos los apenas 500 metros que nos separan del puerto; parecemos un desfile. Una vez allí, nos vamos agrupando en la cola para embarcar. Durante este tiempo conocemos a Antonio, nuestro guía, o como se dice en este contexto: nuestro “road-leader”, quien nos va repartiendo los pasajes y nos va explicando los pormenores del embarque, los controles, la documentación que tenemos que preparar y todo el proceso burocrático hasta que lleguemos a Tánger. Parece complicado, pero realmente es algo muy sencillo y rápido. Antonio es un tipo ágil, curtido en esta experiencia, con más de veinte años recorriendo Marruecos en moto y todo te lo pone fácil. Mientras, el resto de los compañeros más rezagados, van llegando desde distintos puntos de España. Seremos un total de diecisiete motocicletas, veinte participantes y nos acompaña una furgoneta con remolque como “coche escoba” en las que van Jorge y Pití, grandes motoristas y conocedores del medio, también bragados en mil batallas y siempre dispuestos a estar al quite ante cualquier adversidad. Aunque, para ser sinceros, con Antonio, Jorge y Pití no hay opción para esa adversidad: te lo ponen todo muy fácil y aprendes mucho de su experiencia.


Sinceramente, al ver en principio tantas maxi-trails, me preguntaba cómo se va a portar “La Pinta” por tierras marroquíes, una cruiser/custom (BMW R1200C) muy pesada, con veintidós añitos, reticente a tumbarse en curvas (y yo más reticente todavía por mis circunstancias), cargada y totalmente asfáltica... Pero siempre confiamos en que los hados nos son y serán propicios… ¡Por fin aparece Roberto con una Harley! ¡Bien! ¡Este es de los míos!

A las siete y media ya estamos asegurando nuestras monturas en la bodega del barco y ya, arriba, nos disponemos en la cola para sellar nuestros pasaportes ante el funcionario marroquí. A las ocho de la tarde la estruendosa bocina del barco nos anuncia que estamos zarpando y la vista de Tarifa alejándose desde la popa, con el imponente Castillo de Guzmán el Bueno y la Isla de las Palomas, mientras el cielo se va tornasolando, es todo un espectáculo para la vista.

La travesía es corta, pero movidita... El viento nos mece y nos obliga a sujetarnos… pero mucho mejor de lo que se esperaba, no hizo falta la biodramina. En ese tiempo pudimos seguir conociendo a los compañeros, recibir nuevas instrucciones y consejos sobre la ruta y la conducción por Marruecos… Y chistes, muchos chistes... Hasta que llegamos a divisar la ya iluminada Tánger, la ciudad que inspiró a grandes artistas. Estamos en África.

Ya es de noche, aquí la burocracia trabaja con un poco más de parsimonia, será por aquello de que “la prisa mata”, sentencia que tanto escucharemos durante nuestra ruta. Uno a uno debíamos pasar unos controles de entrada y obtener una tarjeta o permiso de circulación que no debemos perder bajo ningún concepto. Tras este paso, un rápido control de aduana, lo del “nada que declarar”, pero aquí me piden que abra las maletas de la moto y eso me aterra; no porque lleve algo que no deba, sino porque todo va colocado en un orden preciso, un puzle, un auténtico tetris, para aprovechar el espacio y que no sé si sería capaz de volverlo a recomponer otra vez aquí y ahora. Afortunadamente todo se limitó a una visualización rutinaria y, de ahí, al cambio de moneda. Entre unas cosas y otras ya son las diez de la noche. Así que  toca dirigirnos a nuestro hotel que, aunque está bastante cerca del puerto y en pleno paseo marítimo, desplazar diecisiete motos por esta ciudad en un tráfico aparentemente caótico, es todo un reto.  Es todo un arte que autobuses, coches, motos, peatones, bicicletas o animales confluyan y circulen con un agudizado ingenio para que no ocurra nada.

Nuestra visita a Tánger va a ser fugaz, de paso; un punto de partida y de llegada, donde nos limitaremos a cenar y pasar la noche porque será mañana temprano cuando comenzaremos una gran ruta hacia nuestro primer destino, Ouzoud, a 627 km. (según marcaría mi cuentakilómetros parcial).

No es que Tánger no merezca la pena, es una fabulosa ciudad, grandiosa, cercana al millón de habitantes, de contrastes: moderna, cosmopolita y, a su vez,  ha sabido preservar el encanto de tiempos pasados. “La flor de Oriente" que ya hemos tenido la oportunidad de conocer en ocasiones anteriores, así como de recorrer todo el Norte de Marruecos y también en moto. La última vez en el 2009, hace ya trece años, con Lourdes, mi compañera, en esa ocasión con un sidecar y cuando todavía estaba ajeno a todos los problemas de salud que vendrían después… 


Pronto alcanzamos nuestro hotel, el “Kenzi Solazur”, en la avenida de Mohammed VI, un cuatro estrellas moderno, grandioso, y con unas vistas espléndidas hacia la playa. Dejamos nuestras motos en su parking y mientras que Antonio va gestionando las habitaciones, pasamos a refrescarnos con unas cervezas marroquíes; en sus etiquetas junto a su marca, “Casablanca”, luce un dromedario en un entorno moruno, lo que ya nos está indicando que está preparada y diseñada para turistas. Realmente no están nada mal, aunque su precio resulte elevado en comparación a lo que solemos pagar en España, y es que el consumo de alcohol está muy restringido en Marruecos, ya que no sólo está mal visto socialmente, sino que las bebidas alcohólicas y los comercios que las expenden, tienen precios muy altos para poder soportar un alto gravamen de impuestos.

Reparto de habitaciones, una buena ducha, dejamos nuestras indumentarias moteras y nos damos un agradable paseo caminando hasta el “Restaurant Annajma” donde, tras la preceptiva ensalada y aceitunas marroquíes, nos tenían preparado un verdadero festín de pescados y mariscos exquisitos, muy frescos. Alargamos la velada con anécdotas, aventuras, chistes, muchos chistes… Hasta que ya pasada la media noche nos volvemos al hotel porque mañana nos esperaría una dura jornada.


Sábado 8 de octubre

 TÁNGER – OUZUD (OUZOUD O UZUD)

 Carreteras: A5 - A4 - N8 - P3109 - P3100 - P3105

 Kilómetros: 627.


La hora de salida está prevista para las siete y media de la mañana, así que muy tempranito nos dirigimos hacia el generoso desayuno-bufet del hotel para acumular la energía necesaria con que encarar la dura jornada de hoy, ya que lo que nos interesa es alejarnos rápidamente de la costa para adentrarnos en el menos conocido interior; para ello, hoy haremos bastantes kilómetros de flamantes autopistas de peaje para adentrarnos posteriormente en escarpadas carreteritas de montaña hasta nuestro destino: la población de Ouzoud, famosa por su enorme cascada. La tónica del viaje es la de hacer breves paradas cada 150 kilómetros y almorzar en ruta  en el área de servicio de Khouribga.



Las autopistas de marruecos están en perfectas condiciones y nos permiten desarrollar buenas velocidades de crucero; el problema es que, como todas las autopistas del mundo, son tediosas y, aquí, en Marruecos, hay que tener especial cuidado porque nos podemos encontrar peatones cruzando, incluso con animales, bicicletas y perros vagando a sus anchas. Para acelerar nuestra marcha, el pago lo vamos a realizar a través de los tele-peajes que nos proporciona Antonio, puesto que la otra opción sería hacerlo en metálico, pero eso nos haría perder un tiempo precioso.


La parada para comer, como ya he indicado, la realizamos en Khouribga, en el restaurante “Albaraka”, unas ricas ensaladas marroquíes, sus buenas aceitunas que no falten, y unos deliciosos y ardientes “tajines”, o “tayines”, de ternera y de pollo, con sus ciruelas pasas, almendras y todo el aderezo especiado marroquí. “Tajin” es un guiso realizado en un recipiente de barro, una especie de cuenco con una tapa cónica del que toma su nombre, un plato de origen bereber típico de la cocina de Marruecos.


Cuando abandonamos la autopista, la carretera se nos presenta revirada, muy motera, con un paisaje impresionante… pero no hay que despistarse por la belleza del entorno, no podemos dejar de estar atentos, ya que las orillas de la calzadas pueden aparecer desdibujadas, con zonas de arena o barro, bacheadas, áreas muy estrechas, peatones caminando, en bicicleta o en burro, animales sueltos… por eso, no debemos ceñirnos en exceso a nuestra derecha ante los numerosos cambios de rasante y curvas, pero tampoco podemos abrirnos mucho, ya que podemos encontrarnos con vehículos que ocupan toda la calzada o practicando el adelantamiento marroquí del “sí o sí”… Afortunadamente está bastante limpia de tráfico y, además,  pronto llega uno a adoptar el dicho de “allá donde fueres, haz lo que vieres”, porque en Marruecos se conduce sin miedo, es decir, si lo ven claro, se lanzan; aunque esto suponga adelantarte con una línea continua o en una curva y les tengas que dejar espacio; por eso, cuanto antes nos mimeticemos y adoptemos su manera de pilotar, mejor nos irá… 


Eso sí, ojo con la policía y los controles… Pero como decía, el paisaje es de una belleza impactante: hermosas montañas que enmarcan la existencia natural de la región, con los colores minerales de los picos y sus tonalidades rojizas, divisando acogedores pueblecitos bereberes de adobe derruido que se alzan desafiando al paso del tiempo y se camuflan con el color del entorno; pequeños regatos e impresionantes valles que te invitan a parar y contemplar la inmensidad del Atlas.


Para llegar a Ouzud tenemos, primero, que ascender por curvas muy ceñidas para, después, ir progresivamente descendiendo. Insisto en que las carreteras marroquíes son una caja de sorpresas, ya que nunca sabes lo que puedes encontrarte a la vuelta de una curva porque todo es posible y, por ello, en las bajadas empecé a abusar del freno trasero de “La Pinta”, aun a sabiendas que no se debe, pero es que otra de mis motos “La Santa María”, una CJ con sidecar que me introdujo de nuevo en este mundillo de las motos tras mis problemas de salud, tiene el freno combinado y últimamente, y por la comodidad de utilizar solo el pie, me tiene muy mal acostumbrado. Así que no pude evitar el calentón del trasero sobre todo al no tener en cuenta que la gran maleta no le permite ventilarse como debe… Y pasó lo que era inevitable: me quedé sin el freno trasero ante unas bajadas serpenteantes que quitaban el sentido. Me eché a un lado, paré, y lo primero que hice fue abrir la “cacha” derecha para ver si todo iba bien con el líquido de frenos y, efectivamente, a ese respecto todo era correcto. Nada más quitar el contacto de la moto, enseguida apareció Valentín, un formidable compañero de ruta, interesándose por lo que me sucedía, a la vez que muchos niños empezaron a salir “de la nada”; sonrientes, graciosos, con los pelos alborotados, con churretes… y se pusieron alrededor a ver qué estaba pasando, era su gran novedad del día. Le dije a Valentín que iba a esperar un poco a que se enfriara el disco que estaba ardiendo, que prosiguiera el viaje; pero, por esta solidaridad que tenemos los moteros, él no estaba de acuerdo en dejarme allí solo, su plan es que iba a ir despacio mientras yo fuera bajando utilizando el freno motor y los discos delanteros. 

En esas estábamos cuando aparece Pití en la furgoneta y me ofrece subirla al remolque, pero ya estábamos viendo que el pedal del freno empezaba tímidamente a bombear y entendimos que no era necesario desperdiciar los kilómetros que nos quedaban sin disfrutar de la moto, así que nos limitaríamos a aumentar la prudencia, olvidándome del pedal, contramanilleando, utilizando la buena retención de “La Pinta” y tocando solo la maneta. En realidad, con el “telelever” que monta y con el ABS no iba a tener ningún problema y, además, Valentín fue de una gran ayuda porque iba marcando la trazada. Un gran tipo y mejor motero... ¿o tal vez eso sea inseparable?

Los niños se despidieron de nosotros, siempre efusivos, alegres, chocando nuestras manos y, aunque sé que no se debe, no pude resistirme a repartir algunos de esos caramelos que siempre suelo llevar en los bolsillos en mis viajes … Y digo que no se debe, y especialmente en las grandes poblaciones o núcleos turísticos, porque estamos mal acostumbrando a los niños con el tema de regalar caramelos, bolígrafos… no digo ya con el hecho de dar alguna moneda, con el peligro que puede conllevar que haya muchachitos que prefieran no ir al colegio y mendigar dádivas… 

Un inciso para dejar claro que no debemos dejar de usar el freno trasero, lo que no debemos es abusar de él como hice yo. Ya sabemos que el freno más potente es el delantero, pero ello no significa siempre que sea el más eficaz y no siempre necesitamos frenada pura y dura. Evidentemente, si nos encontramos ante una emergencia, el freno delantero será el que comande la efectividad de la parada, pero acompañado del uso del freno trasero. A mí siempre me ha ido bien frenar primero (siempre que se pueda) con el trasero y luego accionar la maneta para así minimizar la transferencia de pesos y por tanto no estresar el conjunto delantero, el más potente; pero, para zonas de curvas o carreteras secundarias donde nos gusta llevar un ritmo y no perderlo, es el freno trasero quien recoge la batuta y toma protagonismo... Pero insisto, sin abusar. Pero sobre gustos, colores… Seguro que muchos no estarán de acuerdo conmigo y hasta tendrán razón...

Después de transcurrir por sinuosos valles, la carretera va perdiendo progresivamente su forma de serpentín y tras atravesar algunas localidades muy pintorescas y polvorientas, en una incluso tenemos que ponernos a la cola de una especie de procesión que más tarde nos dirían que era la celebración del “Eid el Mawlid en-Nabaoui” (Nacimiento del Profeta Mahoma), llegamos a Ouzoud, en el Atlas Medio, en la provincia de Azilal, a unos 120 kilómetros de Beni Melal y a unos 150 kilómetros de Marrakech.

Hoy no visitaremos las cascadas, nos dirigiremos directamente a una magnífica kabash de estilo tradicional pero adaptada a los tiempos actuales: “La Kabash d´Ouzoud”, rodeada de jardines y con una gran piscina que rápidamente nos invitó a darnos un relajante chapuzón tras tantos kilómetros de travesía. Sus habitaciones son muy amplias, decoradas al estilo bereber y con todas las comodidades que uno no podría imaginar en este lugar tan alejado. No tienen licencia para vender alcohol, pero sí nos dejan sacar las cervecitas que en la furgoneta siempre llevaban Antonio, Jorge y Pití. Para la cena nos tenían preparados, aparte de la ya tradicional ensalada marroquí, una deliciosa “harira”, esa sopa tradicional del norte de África elaborada a base de carne, tomates y legumbres, junto a unos “tajines” de carne variados. La comida muy buena, pero imposible terminar con todo, aun así, pude hacer el esfuerzo para tomar el postre: un dulce a base de naranjas… ¡qué bueno estaba!






La velada se alargó en el porche del jardín, especialmente con la cantidad de chistes y ocurrencias de Rufi, un tío buena gente de verdad y con una gracia increíble… y con algún que otro chupito para hacer la digestión. De pronto, empezó a caer un chaparrón y se divisaban los rayos rasgando e iluminando las alturas y el ambiente se impregnó de ese olor a arcilla mojada que me trajo a la mente la etimología de su término: petricor, del griego petri (piedra) y khor (el fluido que corre por las venas de los Dioses en la mitología griega), la agradable fragancia que reconforta el cuerpo y el alma… y con la que me fui a dormir con el relajante sonido del chapoteo de las gotas de lluvia sobre el suelo encharcado y mientras pensaba que, en todos mis viajes en moto, sea donde fuere,  me llueve… ¡incluso a las puertas del desierto!



Domingo 9 de octubre.

OUZOUD – MARRAKECH

Carreteras: P3105 - R304 - R208 - N8

Kilómetros: 152.

 

Hoy Antonio nos ha dejado dormir un poquito más y, después de un buen desayuno, antes de cargar equipaje y sumergirnos en nuestra indumentaria motera, nos dirigimos a las famosas cascadas de Ouzoud a escasos dos kilómetros de nuestro alojamiento.


Dejamos nuestras motos en un improvisado aparcamiento bajo el cuidado de un simpático bereber que se está ganando la vida. Son apenas las diez de la mañana y nuestro guía local nos está esperando para un recorrido a pie de dos horas y media por unos intrincados y fértiles senderos de valles verdes, molinos, huertos y olivos, muchos olivos… No en vano, Ouzoud es una palabra bereber que significa oliva y, precisamente, hace referencia a estos olivos centenarios que sombrean ese camino por el que iremos descendiendo y ascendiendo.

Empezamos nuestro recorrido desde su cima con una increíble panorámica de las cataratas, el salto de agua más importante y bello de Marruecos, de 110 metros de altura y las más altas de todo África (superando incluso en un par de metros a las impresionantes cataratas Victoria, situadas entre Zambia y Zimbabue, aunque estas sí son mucho más estrechas). Están alimentadas por las aguas que nacen en las no tan lejanas cumbres del Alto Atlas, la cabecera del Ourika, curso de agua que riega un fértil valle que desciende hasta el río Tensfit, ya en las inmediaciones de Marrakech.

Visitamos uno de los antiguos y minúsculos molinos, así como una cooperativa de mujeres que se dedican a obtener aceite de argán de manera sostenible en un comercio de precio justo. Nos explican el proceso artesanal de fabricación y nos muestran el resultado final y su utilidad tanto como alimento o como producto cosmético y medicinal.


Seguimos bajando por un intrincado y laberíntico paseo de terrazas que aprovechan los lugareños para asentar precarios comercios: chamizos, tal vez demasiados. Pudimos ir viendo las cascadas desde diferentes puntos, cada cual nos ofrecía una vista más bonita que la anterior, hasta descender a su base donde se hace más patente la grandeza del salto  y su caudal, resultando casi un milagro esta fuente de vida entre los áridos paisajes que caracterizan a la región. Se te queda la boca abierta admirando este paraje mientras te envuelve la nube de agua que, como gotas de un espeso rocío, forma el agua al precipitarse sobre el cañón y sin que el griterío de los niños, el bullicioso negocio de las pequeñas barcazas y la multitud de chiringuitos, nos aparten de su disfrute.

Estas aguas tienen un color chocolate, pero no porque estén contaminadas, sino por el hecho de la tierra arcillosa que arrastran: la arena rojiza y característica de esta zona y,  a pesar del calor, nos sorprende la frialdad de estas aguas de deshielo.

En esta zona es habitual encontrarse con macacos del Atlas, los también llamados macacos de berbería, que se encuentran en serio riesgo de desaparición y que, aquí, suelen acercarse a los turistas en busca de alguna  recompensa… Yo juraría que hasta saben idiomas.

Tras nuestro recorrido regresamos al alojamiento; tiempo justo y necesario para refrescarnos en la piscina y almorzar. Nos sirven nuestra ya tradicional ensalada y unos exquisitos “cuscús” de ternera, pollo y cordero. Sin lugar a dudas, lo que caracteriza a la cocina marroquí son el uso de las especias y la combinación de lo salado y lo dulce, conformando una comida muy sabrosa y vistosa, llena de colores y aromas... Muy eructable ;)


A las tres de la tarde ya estamos sobre nuestras motos para partir en dirección a Marrakech. El trayecto, que comienza retorcido en curvas, no tardará en tornarse bastante recto y con una carretera amplia y bien asfaltada salvo por pequeños tramos donde las obras la convierten en pistas y que, como ha llovido, se presentan un tanto embarradas, pero “La Pinta” se está portando.

Las vistas que hay en la carretera del Atlas son únicas y el camino también nos sirve para ver cómo se vive en las zonas más rurales de Marruecos: desde preciosos paisajes del interior de las montañas del Atlas, donde vislumbramos las nieves eternas de sus cumbres, hasta parajes desérticos. 

Una de las cosas que más me sorprendió fue ver cómo la gente se desplazaba por aquella carretera en pequeños burros que se me antojaban cansados y famélicos o aquellos destartalados camiones sobrecargados con alpacas de paja en un equilibrio entre imposible y mágico.


Alto contraste el de hoy, donde la vuelta a la civilización nos llevará al caótico tráfico de Marrakech… Y como ya hemos dicho, “donde fueres haz lo que vieres”, por lo que debemos adentrarnos en esta populosa ciudad donde pilotar por sus calles es toda una locura:  motos y coches que no respetan el orden de los carriles y que te salen por todos lados, huecos libres que se ocupan rápidamente por los más espabilados, giros inesperados que hacen que tus piernas tiemblen, coches de caballo y muchas motocicletas que adelantan por la derecha y por la izquierda… Las motocicletas es un transporte que usan las familias y vemos que pueden llevar hasta tres y cuatro personas... 


La gran estrategia nos la da Antonio: parar en la entrada de la ciudad, reagruparnos y seguir a la furgoneta, no perderla de vista. Aun así, Antonio se pondrá esta vez en la cola presto a rescatar a quien se salga del “pelotón” y, sin ningún problema, a las seis de la tarde ya estamos todos aparcados en el gran hotel “Kenzi Rose Garden” y mientras que Antonio, Jorge y Pití se hacen cargo de la organización y del reparto de habitaciones, quedamos a la espera refrescándonos con unas deliciosas, y ya casi amigas “Casablancas”, en el Pool-bar.


El kilometraje de la etapa de hoy, según “La Pinta”, ha sido de 156 km. con lo que nos encontramos bastante fresquitos para poder disfrutar de esta ciudad de mil y una noches.

El hotel  es un cinco estrellas que se encuentra dentro de un parque exuberante de tres hectáreas en la zona conocida como L'Hivernage, relativamente cerca del centro neurálgico de la ciudad. Las habitaciones son espaciosas, cómodas y limpias. En general, el alojamiento fue definitivamente de diez para nosotros y será aquí donde pernoctemos dos noches, porque mañana no pilotaremos y descansarán nuestras monturas.


Quedamos a las ocho y cuarto de la tarde para dar un recorrido que nos lleve a la famosa plaza Djemaa el Fna, pasando por la majestuosa Mezquita Koutoubia (la gemela de la Giralda). Dicen que a esta ciudad o se la ama o se la odia y, si hemos dicho que Marruecos es un país de contrastes, creo que Marrakech es su máximo exponente. Un shock cultural, un desmedido bullicio, una asfixiante persecución de vendedores a la caza del turista, de encantadores de serpientes… donde ruidos, aromas y colores llegan a su máximo esplendor. Tenemos que cambiar el chip porque es toda una experiencia y, de nuevo, se hace necesario mimetizarnos y disfrutar del momento: “carpe diem”.

Nos adentramos, no sin dificultad de perdernos del grupo, en el corazón de la ciudad: ¡la plaza es enorme! Su nombre significa "Plaza de la muerte", haciendo referencia a su macabra utilidad en tiempos no tan pretéritos. Mucha, muchísima gente; vendedores, faranduleros, saltimbanquis, sonido de timbales… Y una vez aclimatados al entorno, nos dirigimos al famoso “Café de Francia”, uno de los locales más antiguos de la plaza y toda una institución;  desde su terraza, en la azotea, vamos a disfrutar de un atardecer memorable con unas vistas panorámicas inolvidables a la par que saboreamos un delicioso y más que azucarado té con menta.


La cena será también en la plaza, en el restaurante “Zeitoun Cafe”, muy grande (tres pisos), repleto de comensales, con una carta muy variada y una ubicación excelente… pero donde hay que relajarse y tener mucha paciencia; de nuevo “la prisa mata”. Allí cada cual eligió a su gusto y tuvimos la oportunidad de probar un poco de todo. Todo muy rico, pero con una tranquilidad ceremoniosa, casi solemne y no apta para trastornados por hiperactividad. Paciencia, mucha paciencia porque, precisamente hoy, el local “estaba hasta la bandera”. Para la vuelta al hotel, ya bastante tarde, lo mejor fue distribuirse en los “petit taxi”, no sin antes regatear el importe de la carrera,  porque siempre el arte de regatear tiene que estar presente en este país.


El sueño vino de pronto, el día de hoy estaba haciendo sus estragos y la hermosa y confortable cama hizo el resto; pero, ya desde la tarde, y mientras disfrutaba de este exótico destino, comencé a notar unas “mariposillas” en la tripa que no eran fruto, precisamente, del enamoramiento a esta civilización, y esas alevillas se tornaron aquella noche en unos centrifugados que me tuvieron en vela y en constante peregrinación al baño con un cuerpo un tanto maltrecho: los efectos de la “indisposición del viajero” y, parece ser, que no fui su única víctima… Pero, en fin, corramos un tupido velo porque había que seguir corriendo aventuras y esto es algo muy común cuando se viaja por estos y otros lares. Solo apostillar, que en todo momento la organización estaba ahí para ayudar en todo lo que fuera necesario y, además, contábamos con Imanol, que es médico de profesión y mejor persona.


Lunes 10 de octubre

MARRAKECH

Hoy, como ya he comentado, descansarán nuestras motos y seremos un grupo de turistas más como otros tantos que invaden esta gran ciudad; la gran ciudad ocre que parece no dormir; bueno, realmente es que no duerme… Nuestras motos descansarán, pero no nosotros. Hoy cambiamos la indumentaria de moteros por la de visitantes.



A las ocho en punto de la mañana ya estamos en la terraza del hotel desayunando. En media hora nos recogerá un microbús con un guía local que nos va a ofrecer un tour por la ciudad y por su historia.

Nos dirigimos en primer lugar a los vastos Jardines de la Menara con su gran estanque de la época almohade y sus miles de olivos. El edificio central que preside el lago fue encargado por el sultán Sidi Mohammed y se dice que antiguamente fue el lugar de los encuentros amorosos de los sultanes de la ciudad. Desde aquí, las vistas del Atlas son increíbles. Más que un jardín es un tremendo olivar y realmente se ve rápido, siendo más interesantes las explicaciones e historietas de nuestro ameno guía que el propio lugar en sí.

Cruzamos de nuevo la ciudad y, en un corto trayecto, el microbús nos deja cerca de la gran puerta Bab Agnaou, en la medina, para dar un paseo hasta las Tumbas Saadies a través de un estrecho pasadizo a la derecha de la Mezquita Moulay El Yazid. Realmente es complicado acceder a este impresionante complejo funerario, por lo que no nos extraña que, aunque datan del siglo XVI, no se descubrieran hasta bien entrado el siglo XX. Fueron las tumbas sagradas de los sultanes y se encuentran justo al lado del Palacio Real.

Continuamos nuestro periplo hacia el Palacio de la Bahía, construido para ser el palacio más espectacular del mundo. Accedemos al Mellah , antiguo barrio judío, por la plaza de los hojalateros y por el laberinto de callejuelas llenas de tiendas y algún que otro puesto de comida que conforman el zoco. De ahí, de nuevo a la plaza Jamaa el Fna, que cambia su fisonomía a la luz del día y, ya muy cerca, nos estaba esperando el microbús para llevarnos al restaurante “Casa José”, de ambiente español y, aunque no dejamos de valorar las maravillas de la comida marroquí, se agradece ese respiro y reencuentro con esas gambas al ajillo, esa tortilla de patatas, esos calamares, ese pulpo, la paella…. y, sobre todo, esas cervezas y vinos a temperatura perfecta. Todo un acierto de Antonio, aunque algunos fuimos muy muy prudentes y tuvimos que sacrificarnos por aquello del “ajetreo estomacal”.

Tras la comida, el grupo se dispersa: tiempo libre; y un servidor aprovecha para perderse por el zoco, la plaza, el Palacio El Baldi y otros interesantes lugares que conocí esta mañana y ahora podían ser centro de mi atención… porque Marrakech es una ciudad que se disfruta paseando y sumergiéndose en su atmósfera, disfrutando de sus rincones, disfrutando del bullicio, del mercado de las especies, el de los cueros y el de la locura… con el sonido del llamado a los fieles al “salat”, que es la oración.


Habíamos quedado a las ocho y media para cenar, pero realmente mi organismo necesitaba con avidez de un ayuno. Un respiro que el cuerpo supo agradecer y que también me aconsejaba Imanol.

… Así que continué vagando, hasta que mis pies ya no podían seguir dándome tregua y me llevaron al hotel… Una buena ducha para caer en los brazos de Morfeo sabiendo que el día siguiente nos aguardaba con una intensa jornada rumbo al corazón del Valle de Dadès, para reencontrarnos  con los imazighen, “los hombres libres”: los bereberes del Dadès.






Martes 11 de octubre

MARRAKECH - BOULMANE DADES.

Carreteras: N9 -P1506- N10

Kilómetros: 310

Desayuno en el hotel listo y nuestro equipaje e indumentaria preparada para el gran día que nos esperaba hoy.  A las ocho y media ya estábamos saliendo del hotel y dejando la populosa locura de Marrakech… Dejamos su tráfico de coches, motos y caballos para volver a la tranquilidad de las carreteras del interior donde el reencuentro con las motos será un placer entre curvas y, aunque tampoco serán muchos los kilómetros, el trazado de la carretera ya nos estaba indicando que nos esperaría un largo viaje por delante, “iin sha' allah”.

Después de repostar, en la Station Afriquia, esperar que nos hicieran el pan en un horno artesanal y aprovisionarnos, seguimos en dirección al Aubergue Agad, donde llegamos sobre las doce del mediodía; un buen momento para descansar y tomar un café o un té moruno a pie de camino y a la sombra de una fresca parra.



Los retazos verdes de Marrakech han ido abandonando su protagonismo ante el ocre serpenteante de esta zona montañosa que se anticipa a la llegada del Sáhara, aunque todavía nos sorprenderán valles que pondrán su pincelada discordante entre esta zona tan agreste.

Queremos llegar hasta el lado oriental del Alto Atlas, la subcordillera donde se encuentra la mayor altitud; para ello, hoy cruzaremos el Col du Tickka o Tizi n’Tichka, famoso paso del Atlas de Norte a Sur de 2260 metros de altitud, para llegar a Ait Ben Haddou, Patrimonio de la Humanidad y escenario de cientos de películas. Ait Ben Hadu es una ciudad fortificada o ksar que se encuentra en la provincia de Uarzazat o Ouarzazate en la región de Draa-Tafilalet.



El puerto de montaña de Tizi n’Tichka es un paso que fue construido por el ejército francés en 1936 y fue pensado, en su origen, para uso militar siendo considerado como una de las carreteras más peligrosas del mundo, especialmente en época de verano, cuando aumenta el trasiego de lugareños y turistas, o en invierno, ya que la nieve puede entorpecer el paso. En cualquier caso, merece la pena disfrutar del puerto de montaña más alto del norte del continente africano por sus inconmensurables vistas y que nosotros alcanzamos sin mayor problema “¡Allahu akbar!”.

Toda esta zona pertenece a la denominada Ruta de las Mil Kasbahs, cuyo nombre hace referencia a la construcción tradicional de adobe tan habitual en el sur de Marruecos. Un recorrido que pasa de las cumbres nevadas del Atlas al desierto, dejando atrás estos valles y cañones que combinan el paisaje seco con la vegetación de ribera, camino de Ouarzazate. Muchos recordarán películas como Lawrence de Arabia o La guerra de las galaxias, rodadas aquí. Comeremos en Ouerzazate, sobre las dos de la tarde, en el restaurante de la Station Total El Ouarzazi donde se puede combinar la comida típica marroquí con la cocina más internacional. Un lugar donde podemos encontrar muchos coches clásicos, tal vez utilizados en los platós de la cercana ciudad del cine: los legendarios Estudios Atlas, veinte hectáreas para el cine rodeadas de desierto, y es que Ouarzazate presume de ser la capital cinematográfica de África.



Reanudamos nuestra marcha, son las cuatro y media de la tarde y todavía nos queda una buena jornada de carretera zigzagueante con el escarpado paisaje típico de la región.



A veinte kilómetros de Boulmane Dades hay enclaves muy curiosos llamados “dedos del mono” o “cerebro del Atlas”. Se trata de formaciones rocosas situadas en la ladera de la montaña que con mucha imaginación simulan ser dedos: estratos casi verticales de arenisca rojiza, cuyo paso del tiempo y erosión ha dado lugar a estas formas tan caprichosas.



Nos adentramos en el valle del Dades al atardecer, la hora ideal para que las montañas que nos rodean se iluminen con la cálida luz del sol que, sin quererlo, se está lentamente despidiendo del día. El paisaje es mágico, con montañas de color teja y malva a ambos lados de la carretera. Además, las decenas de kasbhas  que encontramos se nos antojan muy fotogénicas a estas horas del día. En el fondo del valle discurre un río por lo que crece abundante vegetación y hay muchos campos de cultivos y frutales. Es imposible no parar para disfrutar de algunos puntos panorámicos que vamos encontrando en este profundo barranco al que vamos accediendo por estas carreteras que parecen estar diseñadas para motos y por las que soñamos conducir. La vida rural se percibe en cada rincón, en cada curva… con mezquitas asentadas al filo de la carretera, donde la gente se conoce y se saluda amigablemente, charlando a la salida del rezo, vestidos con túnicas blancas como símbolo de pureza.

El valle del Dades también es famoso por la hospitalidad de sus habitantes, siendo la mayoría de origen bereber.  Las mujeres de esta zona se ven cargadas con grandes fardos de alfalfa, mujeres que trabajan en condiciones realmente adversas y con un clima bastante extremo.

Finalmente llegamos a nuestro lugar de reposo para esta noche, el “Riad des Villes Charrues”, en la población de Boumalne Dadès, en el límite del Alto Atlas, una pequeña población donde una única calle central da la bienvenida. Nuestro alojamiento es un lugar muy apacible y acogedor, con sus techos de madera sobre unos troncos desbastados que simulan palmeras. Un hotel rural y familiar dispuesto en miradores escalonados, donde destaca la amabilidad de nuestros excelentes anfitriones. Desde sus terrazas se puede apreciar la hermosa vista, pero bien abrigados porque estamos a una gran altitud: 1.600 metros de altura… La piscina hoy… ¡ni mirarla!


Para la cena nos sirvieron una estupenda sopa de vegetales bereber y una gran variedad de platos de la cocina tradicional marroquí. Posteriormente, tuvimos una animada fiesta, también al estilo bereber, amenizada con tambores y cánticos tradicionales… Las bebidas las llevábamos nosotros… Y así calentitos y contentos nos fuimos a la cama bajo dos buenas mantas de lana… Mañana será otro día. Otro bonito día, “insha'Allah”.




Miércoles, 12 de octubre

BOULMANE DADES - MERZOUGA

Kilómetros: 340

Carreteras: R704 - N10 - R703 - R113 - N12 - N13

 



Tenemos que aprovechar todas las horas del día, porque, aunque la jornada de hoy tampoco es extremadamente larga, (340 km.) la orografía del terreno sí hace que los caminos necesiten su tiempo.

A las 10 de la mañana ya estábamos desayunados, cargados y dispuestos sobre nuestras motos para seguir por la única calle de la localidad, donde se tiene que hacer el desvío para coger la carretera R704 ascendiendo unos 29 Km. para llegar a la llamada "Serpiente del Dades”, y que más que una carretera se trata de una sucesión empinada de eses muy cerradas; izquierda, derecha, izquierda… rítmica, preciosa, una auténtica culebra que recorre una de las paredes de la Garganta del Dades hasta llegar al mirador que hay junto al Hotel Timzillite. Desde allí, la vista es sensacional y uno se pregunta ¿cómo he llegado hasta aquí con la moto? Más allá, la carretera continúa, pero nosotros desandamos nuestro camino; es decir, tras la subida impresionante y las fotos de rigor, ahora vamos a descender curva a curva para seguir nuestro itinerario marcado y dirigirnos hacia la Garganta del Todra. Alguien dijo que a veces es necesario un camino realmente tortuoso para enderezar la cabeza, así que bienvenidas sean estas curvitas... Y los frenos siguen bien, parece que voy aprendiendo.


A mi entender, estos son dos de los paisajes más fotogénicos que se pueden visitar en Marruecos: cañones de roca jurásica en pleno Alto Atlas y a las puertas del desierto que parecen partir la montaña en dos, como si la propia Tierra indicase que el camino hacia el sur de Marruecos está por ahí, con una fisonomía que parece recordar al Gran Cañón del Colorado, pero en pleno corazón del del país alauita.

Pero para llegar hasta la Garganta del Todra, como decimos, tenemos que retroceder y recorrer ahora unos 90 kilómetros en dirección a Tinghir, desviarnos y encarar de nuevo otra sucesión de curvas hacia la Garganta. Previamente habíamos repostado a mitad de camino (en Total Energies Gorgers de Todha) para asegurarnos el combustible necesario.


El paso del río Todra, con apenas caudal, tiene unas dimensiones excepcionales. Las paredes pueden alcanzar los 300 metros de altura, mientras que la garganta se estrecha hasta tan solo 30 metros de lado a lado. Un auténtico pasillo natural de rocas con paredes verticales de interminable piedra. Para recorrerla, lo mejor es dejar la moto y caminar, para dejarse impresionar por la altura de los acantilados. Dada la magnitud de las paredes el paisaje se vuelve sombrío, dejándonos empequeñecidos ante esta obra de la naturaleza. Algunos puestos ambulantes animan el camino.

Boquiabiertos por el espectáculo gratuito que la naturaleza nos acababa de regalar, retrocedemos hacia Tinerhir, se deshacen los 15-20 km de carretera, y nos fijamos en varios kasbah y su precioso palmeral, con cuidado de no salirnos de la carretera; no porque esta estuviera mal, sino porque las vistas, de nuevo, nos hechizan… Y así, un buen trecho hasta volver a la aridez camino del desierto, con sus paisajes parduzcos y rojizos, más o menos montañosos, donde soplaba un airecillo amarillento que no dejaba vislumbrar bien el horizonte. Aunque en un inicio pueda parecer “soso” circular por este terreno, lo cierto es que se despliega ante ti una impactante diversidad de colores ocres que te va rodeando y acabas sumergiéndote en sus ondulaciones amarillentas.




Tras un nuevo repostaje, y en dirección Este, seguimos viendo algunos pequeñísimos pueblos entre las montañas, algunos paisanos, algún burro, casas de adobe semiderruidas y vendedores de fósiles… Paisajes de puro desierto que nos hacen sentir como unos bereberes en caravana… pero de motos, que se dirigen hacia la localidad de Risani. Allí llegaremos pasadas las tres de la tarde para tener un “recreo” en el Kabash Hotel Ziz Palace, un verdadero oasis donde nos tenían preparado un abundante almuerzo marroquí, como ya nos tienen mal acostumbrados y, quienes quisieron, pudieron gozar de un refrescante baño en su fabulosa piscina.


Ya estamos en el desierto, llevamos un buen trayecto de pleno desierto pedregoso y lo vamos a contemplar en su pleno esplendor a pesar de una ligera calima.




Son las cinco menos cuarto cuando partimos para completar los apenas 37 Km. que nos separaban de nuestro destino en el campamento de tiendas bereberes de “Alí El Cojo”, sobre las arenas doradas del desierto Erg Chebbi, a través de una carretera solitaria, cómoda y recta para que finalmente, y tras un tramo de pista que hacía “culear” a La Pinta, pudimos acceder al Borj Merzouga Camp, sobre las dunas de fina arena y con su componente mágico y atrayente. Un anteparaíso poético.

Nada más llegar, tras la algarabía inicial y una vez distribuidas las tiendas donde pasar la noche, nos despojamos de nuestras ropas de motoristas y nos dirigimos al ritmo acompasado de los lomos de dromedarios, cual auténticos Reyes Magos, para ver el atardecer sobre las dunas y poder caminar por una arena sin fin, con tan solo el silencio como compañero… Una experiencia inolvidable… En esas grandes olas que son las dunas, y que se mueven con sigilo, nos sentimos libres bajo un cielo de ningún color, sino de cielo…




Dejamos de reservar fuerzas y trepamos y bajamos con la espontaneidad y el asombro de un niño. Y nos quedamos cautivados, especialmente, cuando llega el momento en el que las dunas se tragan esa gran bola de fuego y la arena va cambiando progresivamente sus tonalidades… Y como dice el pasodoble, “allí nos compadeceremos de toda esa gente, que no disfruta este cielo”.

Uno se imagina el desierto como una playa enorme, pero no es así; es un espacio que invita a perderse o encontrarse, donde uno siente que es otro; el desierto refleja nuestro yo asustado que es capaz también de ser otro, de reivindicar la voz que duda...

...Y, al final, en el desierto se acaba encontrando refugio. Como bien describe Ruiz Zurita, es “la imagen más profunda y exacta de lo que es el alma contemporánea: su aparente nada, pero para la cual basta un cambio de luz al ponerse al sol para que se transforme absolutamente en otra cosa. Aridez total, y al mismo tiempo una cierta grandeza que sobrecoge”. Es la experiencia de la propia libertad. Vaciar el desierto de esta dimensión mística y mítica sería reducir nuestra experiencia, la experiencia del ser, a una mirada mecánica y técnica que mata el sentido poético de la vida natural.




Con el sol ya descansando volvemos al campamento, tiempo de distensión, charla amena tumbados sobre las alfombras que cubren la arena mientras saboreamos unas cervezas y la cena se prepara. El festín será en el interior de una gran jaima con cabida para todos y la comida bereber fue ampliamente aplaudida por el grupo, exquisita.

El café, el té u otras bebidas más espirituosas, o pecaminosas, las tomaremos alrededor de la hoguera con las estrellas como techo y amenizados por los ritmos acompasados de una divertida fiesta bereber, con música tradicional de tambores y timbales.


El cielo y las estrellas son perfectos; la escasa densidad de población unido a la amplia extensión del terreno, da como resultado una contaminación lumínica nula y el cielo nocturno se nos presenta ahora limpio, como un conglomerado avaricioso de estrellas.

Por un buen rato, me alejé del campamento y empecé a ascender por las dunas admirando ese firmamento, la quietud, el silencio del desierto… Hace frío en la noche… La soledad del lugar y la grandiosidad de la inmensa bóveda te hacen sentir pequeño en esta ventana al universo con miles de estrellas concentradas de punta a punta y hasta donde la vista alcanza. ¿Sería este el cielo que contemplaban nuestros antepasados? Era el cielo que se adornó, en la Europa occidental, con las historias mitológicas de los dioses del Olimpo, el cielo que permitió a Galileo Galilei observar los satélites de Júpiter con un precario telescopio… En definitiva, el cielo nocturno, primitivo, que ha permitido durante milenios una conexión cósmica de los humanos con el universo. Ahora, para verlo tal como lo vieron ellos, estoy yo aquí… y me siento un privilegiado… La mística es amiga del desierto, acaso porque en él resulta más fácil considerar la vida como un don de la gracia: nada existe sin ella, todo existe por ella y solo por ella… Pero el frío me hace retomar el camino de vuelta y de nuevo participar de las mil y una historias que mis camaradas cuentan arremolinados alrededor de la hoguera, mientras el desierto duerme… o nos acecha. Yo estoy convencido que nos vigila.

Llegado es el momento de irnos a dormir, la ruta y las emociones de hoy no nos dan para más, además, me apetece ver ese amanecer en el desierto del que tanto me han hablado y eso me obligará a madrugar, o lo que es lo mismo, a levantarme dentro de un ratito.

La jaima es muy cómoda, calentita, y tengo la suerte de tenerla justo en el vértice del campamento al pie de una gran duna. Tempus est dormire.


Jueves, 13 de octubre

MERZOUGA – ERG CHEBBI – RISANI – Y AVENTURAS EN EL DESIERTO

Día sin motos.

 


(…)

El Oriente se incendia en colores...;

Los colores en vívida lumbre...,

¡Y por encima del áspera cumbre

sale el disco inflamado del sol!

(Del poema Amanecer de Pedro A. de Alarcón)

Subir a pie una gran duna para ver amanecer requiere de un gran esfuerzo, pero queda recompensado cuando van apareciendo los primeros atisbos de los rayos de sol. 

Al igual que el ocaso, el orto también constituye el mayor hito del día: las tinieblas van cediendo a los telones de luz que colorean el horizonte y anuncian la salida del sol.


Se me amontonaban en mi mente los recuerdos del libro “Amanecer en el desierto” de Waris Dirie, ese emocionante viaje al propio pasado, de búsqueda y reencuentro, de intento por conciliar dos mundos totalmente distintos: el glamuroso mundo del “éxito” occidental y una infancia transcurrida en el desierto… Y de manera especial al recordar a esos niños que te venden los fósiles y suvenires a pie de carretera y pensar en el futuro que les espera anhelando un mundo occidental… ¿Tal vez no sería mejor quedarse aquí con su felicidad del nada tengo, pero lo tengo todo, o saltar al sueño del “primer mundo” que aparentemente es tan idílico…?


Tras estar allí sentados durante unos minutos, sin movernos, sin hablar, simplemente disfrutando del momento, nos levantamos y comenzamos a bajar. Nos esperaba el desayuno. Esta vez lo necesitábamos más que nunca. Necesitábamos reponer fuerzas tras el desgaste de subir aquella montaña de arena.


Como ya nos tienen, y repito otra vez, mal acostumbrados, el desayuno fue pantagruélico; tras lo cual, nos recogieron vehículos 4x4 y, atravesando pedregosas pistas, fuimos por el corazón de este mar de polvo y arena para visitar el mercado de Rissani y sus alrededores.

Rissani es la localidad conocida como la puerta del desierto, a unos kilómetros al Sur de Merzouga  y a unos 26 km. de nuestro campamento (más de una hora para hacer esos pocos kilómetros ¡y a buen ritmo!). Esta ciudad es un lugar que todo viajero que vaya a Marruecos tiene que visitar, aunque no es para turistas. Es una población, insisto, del desierto: encrucijada de comercio local y mercado tradicional pre-sahariano. Un verdadero viaje al pasado para los que estamos acostumbrados a las modernas cadenas de supermercados o compras por internet; donde puedes apreciar más la vida cotidiana de la gente autóctona que viene a abastecerse o a vender sus productos. Aquí, olvídate de comodidades, arreglos o la higiene a que los turistas occidentales estamos acostumbrados; pero, en cuanto a autenticidad y añoranza por tiempos pasados, deja en mantillas a otros zocos que conozco. El mercado de los mil aromas es, en sí, un recinto cubierto y cuadrangular con un anexo para la venta de animales vivos. Está dividido en varios sectores, conocidos como rahbas o plazas.  En el cruce de sus callejuelas se encuentran los mercados de dátiles, frutas, cereales, el bazar artesanal, las tiendas de ropa y de equipamiento para el hogar, así como los talleres de ferreteros, carpinteros, carnicerías y puestos de comida donde ofrecen la auténtica y deliciosa medfouna, una pizza o empanada bereber.







En definitiva, resulta una experiencia inolvidable que provoca el deseo de sacar fotos y fotos; pero ¡atención! ese tema es delicado; los compradores del mercado y muchos de sus vendedores (los suwaka) conservan la tradicional prevención musulmana ante las fotografías.

Por las polvorientas calles de Risani circulan los campesinos bereberes de toda la región montados en esos minúsculos burritos, carros y bicicletas, muchas bicicletas, a la par que algún que otro vehículo vetusto muy destartalado y sobrecargado. Las escenas, los tipos y los atuendos parecen sacados de una película, pero es que resulta que son de verdad verdadera. Es lo que es…Pero, además, esta población, tras su aparente discreción oculta y de ser un enclave importante en la provincia de Errachidia, posee un glorioso pasado como ciudad sagrada y es la cuna de la gloriosa dinastía alauita y heredera de la famosa ciudad de Siyilmassa. Por todo ello, goza de un estatus espiritual privilegiado en la región y por sus alrededores se distinguen sus espléndidos ksours centenarios salpicados de palmerales.


Para descansar del bullicioso ajetreo de este mercado del siglo VIII y su incesante regateo, hizo falta un momento de relax en la terraza del Hotel Panorama, sentados al estilo marroquí, para saborear un delicioso y reconfortante té a la menta antes de cubrir los aproximadamente 28 kilómetros (una hora por las crestas de arena del desierto), que nos separaban del singular poblado bereber donde nos aguardaba el almuerzo, concretamente en el Maison Acacias. El camino transcurre por antiguas pistas del Dakar y en más de una ocasión tuvimos que esforzarnos para sacar los coches que quedaban atrapados en las dunas para alcanzar el Oasis Tisserdmine. Allí nos habían preparado una barbacoa lugareña muy bien condimentada y, tras los postres, disfrutamos de un paseo a pie por los yacimientos de fósiles, siendo los propios niños de la zona los que nos esperaban encantados y orgullosos para enseñarnos sus peculiares parajes y su precaria escuela: la única edificación de estilo occidental, un aula unitaria con un escueto mobiliario y sin rastro alguno de material bibliográfico o didáctico.



Pero el día todavía no había terminado y, de nuevo en nuestros ya queridos e indestructibles 4x4, nos dirigimos al Morocco National 4x4 Auto Museum, entre las localidades de Mezourga y Khamlia, una curiosa exposición de vehículos de Scheikh Hamad, con algunas grandes reliquias y modelos que probablemente nunca veremos circular.  Una gran sorpresa encontrar este museo aquí, en  medio de la nada.


Muy cerca de allí, y sin querer dejar de disfrutar del momento, de emociones y sensaciones fuertes, alquilamos buggies y quads, una divertidísima aventura, esta vez sí para turistas, y una forma ideal de tener una primera toma de contacto con la conducción en dunas sintiendo la adrenalina a flor de piel: adultos jugando como niños…


Ya al atardecer, volvimos al campamento para descansar un rato o simplemente pasear por las dunas mientras nos preparaban la cena y donde, de nuevo, compartiríamos risas y timbales en una fantástica velada rememorando las anécdotas del día.

Mañana volveríamos con nuestras motos y la jornada de nuevo prometía ser también completita y repleta de emociones.

 

Viernes, 14 de octubre

 MERZOUGA – MEKNES

Carreteras: R702 - N13

Kilómetros: 438.


Nuestra salida será muy temprano, hoy nos espera una buena jornada de kilómetros y carreteras marroquíes.

A desayunar con todo dispuesto y a las siete de la mañana ya estábamos atravesando la pista que nos alejaba del campamento para alcanzar la carretera. El propósito del día es ir haciendo paradas en parajes impresionantes y disfrutar de otra de las carreteras más bonitas de Marruecos, apodada como “la Ruta Interminable”.


Hicimos nuestra primera entrada en Erfoud​, una ciudad situada en un oasis del desierto del Sáhara, en la región de Draa-Tafilalet, para adquirir algunos recuerdos y visitar una impresionante tienda de fósiles, porque entre Merzouga y Erfoud se encuentra un mar plagado de reliquias de la era primaria, uno de los más importantes yacimientos de fósiles del mundo.


Hoy iremos avanzando desde lo más árido para ir adentrándonos en los caminos más verdes, pero queda ruta… aunque fuera del alcance del turismo masivo y donde volvemos a recorrer el Marruecos más profundo y auténtico, donde los grandes protagonistas son la carretera y los paisajes…

Erfoud está situada en el valle del río Ziz, y es en el gran palmeral del Tafilalet donde paramos a admirar un paisaje digno de ser fotografiado, otro escenario de película. La ciudad se encuentra a 802 metros de altitud y está dominada por los montes sobre los que hay dos pequeñas fortalezas: el Borj Este y Borj Sur. 



Transcurrimos por el Valle del Ziz con la intención de cruzar las entrañas del Medio Atlas y, a la vez que vamos ascendiendo y zigzagueando las abruptas montañas, la carretera se va haciendo cada vez más retorcida y, con ello, más interesante… pero más había que estar alerta porque se establece ese juego continuo de estar pendiente del camino y no quererte perder un ápice del espectáculo que se nos ofrece en las orillas; porque este valle jurásico, conforma un paisaje único y, especialmente, donde el río dibuja una icónica hoz quedo obligado, sí o sí, de manera cuasi-compulsiva, a sacar el móvil y disparar la cámara.


Este valle es una auténtica encrucijada de caminos y cualquier recodo invita a dejar la moto y pararse a escuchar los pájaros, ver el vuelo sostenido de rapaces y disfrutar, en definitiva, de la escarpada naturaleza. El estímulo visual es monumental. Poder disfrutar del paisaje, tan extenso y variado, todo un regalo, por ende, insisto, hay que extremar la prudencia, porque el motociclismo no es peligroso en sí mismo. Sin embargo, es extremadamente implacable con la falta de atención, la ignorancia, la incompetencia o la estupidez.


Sabíamos que el viaje por carretera iba a ser largo… Y lo fue. La ruta de Erfoud a Meknes incluía obras por todas partes; una carretera buenísima que de pronto se corta y se convierte en un atascadero de piedras y tierra… Pero no hay quien nos pare. Continuamos por esta carretera de montaña pasando por poblados, cañones y acantilados increíbles. Muy cerca del punto más alto del recorrido, no tuve más remedio que quitar el contacto para vislumbrar el lago Aguelmame Sidi Ali, justo donde la región Draa Tafilalet da paso a la región Fez Mezkinez.  Es una pena que debido a la sequía esté tan mermado y no merezca la pena coger esa pequeña desviación que sale a nuestro paso; pero, incluso así, me pareció mágico ver un lago de tal dimensión en mitad de esta zona tan árida y rocosa.


Así nos encontrábamos cuando llegamos a alcanzar al popularmente conocido “Puerto de los monos”, llamado así porque aquí es donde tiene su hábitat natural el Macaco de Berbería (Macaca Sylvanus), curioso habitante de estos bosques y que se deja fotografiar con los aventureros del mundo… y con todo aquel que le regale una chuche. Ojo, porque pueden ser unos “cabroncetes” y cuidado con los que se encuentran rezongando en medio del carril…





Nos encontramos en la zona situada en el Parque Nacional de Ifrane, donde sus más de 50.000 hectáreas protegidas albergan el mayor bosque de cedros, Cedros del Atlas, la mayor masa forestal de este tipo del mundo. Aquí viven ejemplares de más de cien años de antigüedad compartiendo territorio con nogales y encinas... Allí, como digo, pudimos ver e interactuar de nuevo con estos monos rubizones que ya conocimos en Ouzoud. Esta zona se la conoce como la “Pequeña Suiza” y es una zona recreativa entre la gente adinerada de Marruecos que vienen para desconectar o practicar el esquí y de la que bien saben sacar partido, aunque desafortunadamente, y a mi pobre entender, no se estén midiendo las consecuencias.


La comida la hicimos en las inmediaciones de Boufakrane, unos 315 kilómetros recorridos desde que dejáramos el Valle del Ziz, muchos más desde que dejamos el campamento, y entre alguna que otra parada y las circunstancias de la calzada, llevábamos cinco horas y cuarto sobre nuestras monturas cuando aparcamos junto al Restaurant Cafe Al Horia a las tres de la tarde. Este lugar es el típico local en donde la carne se compra en la carnicería anexa al restaurante para que te la cocinen; te sirven la ensalada y consumes las bebidas; un delicioso almuerzo a base de cordero a la brasa en sus distintas variedades y aderezos morunos, todo un goce para el paladar más exigente con el plus añadido del hambre que dan las motos y la carretera.

Tras el café, partimos para parar a repostar a unos quince kilómetros más adelante.  Es en ese momento, cuando descubro que mi rueda trasera lleva un gran clavo incrustado en el neumático… a saber desde cuando venía conmigo este polizón… Afortunadamente, junto a la estación de servicio hay un pequeño taller de neumáticos, pero mi alegría inicial se desvanece cuando descubro que el chico encargado del establecimiento, aunque se muestra muy servicial y presto, con mucha voluntad, ¡quiere poner un parche exterior sobre la rueda!… El pobre no tenía ni idea; menos mal que enseguida llegó mi amigo "Er Yisus", que no solo sabe bien lo que se hace, sino que dispone de todo lo necesario y, en segundos, me solucionó el problema con un macarrón y, a la par, nos dio una clase magistral… 


Poco después ya estábamos atravesando las murallas de Meknes, también llamada Mekinez. Una ciudad que conozco  bien por mi anterior ruta en moto con sidecar por el Norte y por excursiones con mis alumnos. Una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos y, como dato curioso, decir que es la región que mayor cantidad de vinos produce en todo el país. Algo llamativo, puesto que, en este reino, y como ya he apuntado, beber alcohol es algo que está mal visto…  aunque sé de algunos lugareños a los que les encanta… Y otros inclusos que aseveran que el jamón no es jalufo… Ahí lo dejo.


La llegada al Riad Yacout, nuestro alojamiento de hoy en el barrio de Lalla Aouda, fue a las cinco y media. Este Riad, catalogado entre las residencias más bellas de la Medina de Meknes, es famoso por su ubicación, la calidad de sus servicios y su restauración, con una cocina que mezcla sabores y colores talentosos de la cocina marroquí. Y sin dilación, en cuanto dejamos nuestras motos en la misma plaza Lalla Aouda, bajo la atenta mirada de un guardacoches de fiar, y tras una buena ducha, salimos con un guía local para dar un recorrido por la ciudad hasta la hora de la cena.


Como ya he dicho, Meknes es una ciudad imperial, tal vez la menos conocida si la comparamos con Marrakech, Fez o Rabat; pero, gracias al poco turismo, en esta ciudad se respira un ambiente mucho más amable y distendido, pudiendo sentirte menos cohibido y caminar más libre y relajado. Es una ciudad, repito, que conozco muy bien, pero donde siempre se descubren cosas nuevas y, nuestro guía, nos va contando la historia y detalles de los lugares por los que vamos pasando, entre los que destaca su zoco, la Plaza el-Hedim (el centro de la vida pública y cultural de la ciudad) y la Puerta Bab el-Mansour que comunica la plaza con la antigua ciudad imperial de Mulay Ismaíl.





Cae la noche y, como por arte de magia y tras cruzar una puerta del zoco, ya estamos de nuevo en el Riad, donde, entre otras exquisiteces, nos prepararon un pollo al limón realmente sabroso.

Tras una agradable tertulia, que normalmente se centra en hablar de motos, en las anécdotas de la jornada y en soluciones baladís para arreglar el mundo, nos retiramos a descansar porque mañana sería otro día… pero no otro día como los que nos precedieron… Realmente no queríamos que terminara ese día, era esa sensación parecida a la de las tardes del domingo que anuncian la llegada del lunes y con ello el fin del descanso y la vuelta a la semana de trabajo… Y es que mañana, aquel mañana, “se acabó lo que se daba”. Y, por si fuera poco, el embarque que teníamos programado para las 14 horas se había adelantado una hora, por lo que tras el desayuno habrá que salir temprano, más temprano.

 


Sábado, 14 de octubre

MEKNES – TÁNGER – TARIFA + PUERTO REAL

Kilómetros: 438 + 99 = 537

Carreteras: A2 - R405 - R107 - A5 – N340 Esp – A48 Esp

Madrugamos para preparar nuestro equipaje y, tras el desayuno, ya estamos de nuevo en nuestras motos cuando no son las ocho de la mañana. Esta vez camino de Tánger… sabiendo que nuestra experiencia se acerca a su fin y pronto conectaríamos con una tediosa autopista en una mañana con una niebla bastante densa y espesa, casi llovizna, que se iba adhiriendo a nuestras viseras y que, como autómatas, cada cierto tiempo nos obliga a pasar el guante por la pantalla.

En la autopista rodamos manteniendo velocidades constantes y a un ritmo rápido, aunque siguiendo esa máxima de que “nunca se debe pilotar más rápido de lo que tu ángel de la guarda puede volar” …y si se te olvida, recuerda que para ello hizo el hombre los radares… Pero es cierto que la autopista a Tánger ofrece un entorno monótono y, salvo por los peajes, tan solo haremos una parada de media hora para repostar y tomar un café…


Las autopistas son así, aburridas, pero ahí están si necesitas un rápido enlace entre puntos concretos y llegar cuanto antes y sin probable riesgo; pero también te permiten ir reflexionando y meditando; es como un reencuentro contigo mismo… Y en estas estaba yo, cuando el día se abre y van quedando pocos kilómetros para llegar al destino.


La entrada en Tánger y conducir por ella ha resultado ahora bastante más sencillo de lo que estábamos esperando. Pronto alcanzamos a vislumbrar la puerta de entrada del Puerto de Tánger.


De nuevo nos topamos con los trámites burocráticos de rigor, tras lo cual tuvimos que ponernos en cola para ir colocando nuestras motos en pequeños grupos sobre una plataforma para que un gigantesco tráiler-escáner hiciera su barrido.

Tras este último paso, todo listo para el embarque: sujetar nuestras motos y subir a la cubierta y, aunque la salida estaba prevista para la una, los tediosos trámites de todos los pasajeros y coches que iban embarcando de nuevo me traen al pensamiento esa frase típica marroquí que ya hemos interiorizado por completo: “la prisa mata”. Así que será lo que sea…


En el barco de nuevo recordar las aventuras vividas, últimas fotografías del grupo y algún que otro chiste, mientras improvisamos un buen picnic con pan marroquí y productos nacionales (jamón, queso, chorizo…)


Son las cuatro y veinte de la tarde cuando desembarcamos en Tarifa y, aquí, tras un “nada que declarar” y un rápido vistazo a nuestros pasaportes, ya estamos fuera del Puerto de Tarifa. Abrazos, apretones de manos, alguna que otra broma, buenos deseos para los kilómetros que nos quedan a cada uno hasta llegar a casa…

Y así termina nuestra ruta conjunta, aunque este será un viaje que perdurará en vuestros recuerdos.

Alejandro (el “muyayo canario”), un tío muy simpático, y el que suscribe, enfilamos la N340 en un día ya radiante, sin viento… con una sola parada en la Barca de Vejer para repostar. Alejandro y yo nos separamos, prácticamente nos perdemos de vista por el intenso tráfico, en las inmediaciones de San Fernando; él tiraba para Cádiz y yo para casa, donde llego a las cinco y media, cansado, pero con la sonrisa en los labios porque bien está lo que bien acaba y, en este caso, bien empezó.

Viajando en moto se enriquece el espíritu, por eso vale la pena darse ese regalo de disfrutar la maravillosa experiencia de recorrer kilómetros con nuevos amigos, dándose el permiso y la oportunidad de descubrir lugares desconocidos, saboreando cada lugar, caminar y conversar con propios y extraños.

Siempre te dicen: “¡que no te lo cuenten!”, y es del todo cierto; ya que, al vivir la propia experiencia, la interiorizamos de forma significativa y profunda, lo vivido lo conservaremos para toda la vida y quedará en nuestra memoria acompañado de una fuerte huella emocional positiva.

Y así terminó esta nueva aventura. Gracias al grupo de “WhatsApp” nos fuimos enterando cómo cada cual iba retornando a casa sin incidencias y ya, incluso, pensando en alguna nueva ruta o encuentro…todo se andará.


“Somos moteros, y nuestro placer no es el destino, sino el camino”

 

And we were happily ever after. Vale.

 

A MODO DE ADENDA.

Mi agradecimiento a todos los miembros de la organización y a todos los compañeros que en estos días fuimos más que viajeros y terminamos siendo amigos.

Esta ruta por asfalto guiada y organizada por Ruta Cero Tours es accesible y posible para todo tipo de personas y motos. La organización te permite pilotar a tu ritmo, con la única condición de no sobrepasar al “road-leader”, Antonio (lo cual es imposible), o no quedarte detrás del vehículo que cierra la marcha, lo que nunca va a suceder al menos que necesites de sus servicios; porque entre uno y otro dejan un margen de muchos kilómetros como para que puedas disfrutar a tu aire, sin el agobio de ir agrupados y sentirte libre, pero estando cuidado y, sabiendo, que siempre hay puntos de encuentro donde nos vamos a reagrupar, repostar e iniciar de nuevo la marcha… Y que siempre estarán Jorge y Piti detrás por si los necesitas.

Y lo digo yo que, aunque tengo que confesar que en un principio no se lo comenté a la organización por temor a que me dejaran en tierra, y pido disculpas por ello, todavía no tengo el alta definitiva en Oncología (aunque sí la certeza de que la enfermedad está más que superada), y hace apenas año y medio que sí me recuperé de un ACV isquémico vertebrobasilar que me causó una hemiparesia secuelar y me tuvo prácticamente postrado por un tiempo y, evidentemente, todo apuntaba a que jamás volvería a montar en moto… Pero Dios existe y la rehabilitación y la suerte también… Y aquí estoy, “allah 'akbar”.

No quiero que piensen que soy un loco o un inconsciente, ni que pongo en riesgo a mis compañeros, en peligro a la organización o que puedo llegar a fastidiar las aventuras ajenas. Cuando he podido volver a montar en moto, primero con sidecar hasta coger de nuevo las dos ruedas de menor a mayor cilindrada, siempre ha sido con el consentimiento médico tanto de mi oncóloga como de mi neurólogo y en función de mis avances. Empecé con salidas muy pequeñas, nunca solo, fui haciendo pequeñas rutas hasta ir ampliando el radio y ya, el año pasado, primero crucé España hasta Galicia, para atravesar Asturias y Cantabria y, en otra ocasión, hice la Nacional 2 portuguesa de Chaves a Faro. Este año, en junio, recorrí la Highlands escocesas… Y ahora me embarqué en esta ruta marroquí.

Soy consciente de que tengo que ser muy prudente y que mi modo de montar en moto dista mucho de cómo era y debiera, pero sin prisa voy llegando... Igualmente sé, que “La Pinta” es ya demasiado pesada para mí… pero la quiero y ella también me quiere a mí.

Y aparte de que en este viaje la organización lleva un seguro para los participantes; yo, por mis circunstancias, también llevaba (igual que cuando fui a Escocia o a Portugal), un seguro personalizado con una cobertura muy amplia para que en el caso de que me ocurriera la más mínima incidencia se hicieran cargo de mí, y de mi moto, y dejar a mis compañeros de ruta seguir con sus aventuras, todo atado y bien atado… como dijo aquel.

La vida me ha dado la oportunidad, ya por dos veces, de vivir y seguir viviendo… Y lo tengo que aprovechar porque dicen que “a la tercera va la vencida” (aunque abogo por la teoría gatuna de las siete), así que hago mío lo del “tempus fugit” y espero aprovechar los momentos que nos ofrece la vida y seguir montando en moto sin prisa sabiendo que para vivir con amor el presente sólo hay que disfrutar del camino.


























































































































 




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